Recuerdo la imagen, grabada en la memoria diáfana de la infancia: una palmera, una playa, el mar halagando la arena. Hay un marco amarillo y dos nombres: ‘Tolú’ y Lucho Bermúdez.
Y al respaldo, sobre fondo blanco, la lista de canciones. Tolú. Fue la primera melodía que escuché. Diálogo entre trompetas y clarinetes, La raspa que acompasa y Los cueros.
Del empaque se sacaba un disco de vinilo. Oscuro, pesado, marcado en el centro con un redondel amarillo. Tolú.
Uno levantaba la tapa de la radiola New Yorker, y encontraba el sortilegio mecánico del tocadiscos. Tolú: 33 revoluciones por minuto.
Inserto el disco en un tubito, y allí se queda. Suspendido como un platillo volador. Giro un botón y algo comienza a pasar allí dentro.
La pequeña saliente que lo sostiene se esfuma y el ruedo negro cae estrepitoso sobre el plato que comienza a girar. Sincrónicamente se activan el brazo y la voz de la madre (“cuidado con el brazo que eso vale un jurgo”).
En la punta, la aguja y la voz de la madre (“ahora no se vaya a tirar la aguja, porque adiós radiola”).
La aguja era un elemento alquímico, la piedra filosofal. Caía exacta en el comienzo del disco. Liberaba por el bafle las notas de Tolú grabadas en los surcos. Y el cuerpo se empeñaba en el ritmo, en lanzarse a bailar en la tonalidad acompasada de la gaita y el porro, sin asomo del frenesí esquizofrénico en que se ha convertido la música.
Y enseguida, uno se transportaba a la playa de la carátula. Bajo la palmera. El sol sigue su día. Suena la orquesta.
Se bailaban todas las melodías del disco, una tras otra. Eran muy pocos los que se atrevían a levantar el brazo y correr el riesgo de conducir la aguja exactamente hasta otro surco.
De Tolú me encantaba Fiesta de negritos.
El clarinete entraba como una brisa dulce, y uno podía ver al maestro Lucho paladeando las notas en su instrumento. Se regocijaba en la interpretación virtuosa, mientras trombones y trompetas le respondían el flirteo. Oigo la complicidad de la guacharaca, el mariposeo de las maracas.
Vivo la fiesta. La trompeta surge delicada y breve, vuelve el clarinete coqueto, sube, baja, y el saxo da paso a todos los vientos antes de que el clarinete llame al cierre, y toda la orquesta suene el broche de oro.
Mi madre me hablaba de los bailes con la orquesta del maestro Lucho Bermúdez. En los salones de clubes y de hoteles, en los grilles y cabarets. Danzaba en las palabras. Todo pasó. Discos, radiola, salones de baile. Quedó la música del maestro Lucho. Tolú. Inmortal.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
cgalvarezg@gmail.com