Aunque dos de ellos han sido trajinados en canciones de Alci Acosta y Orlando Contreras, los seres humanos deberíamos atisbar cada cierto tiempo tres lugares reveladores. No es un ejercicio capcioso, gimnasia de altruismo postizo.
Es más bien la forma de recordar la debilidad de nuestra naturaleza, el carácter tiránico del tiempo y el poder del acontecer fortuito o del destino, si se quiere, además de acopiar lecciones inesperadas sobre el afecto, la compañía y la amistad, "esa llamada amistad que es tan solo una ilusión", como canta Contreras.
El primero, en un orden aleatorio y no cronológico, es la cárcel. Ojalá una colombiana, no necesariamente la de Sin sin, de Alci Acosta, que tiene celdas solitarias y no compartidas en el hacinamiento y la hediondez.
La cárcel corta el vuelo de la libertad física y redime menos de lo que pervierte. Hombres y mujeres ven su ruta truncada por una mala decisión o confirman una y otra vez, o para siempre, sinos fatales cuyo origen es imposible siquiera enunciar en este espacio. En sus puertas se detienen amistades y amores, huyen como ratas espantadas, los falsos, digo, porque la oportunidad es invaluable para saber con quién se cuenta de verdad en la vida. "Sólo con mi pena, sólo en mi condena", filosofan Fruko y sus Tesos.
Ojalá visitáramos con frecuencia el cementerio. Sobre todo en estas épocas de vanidades encendidas, en las que vivimos encadenados a la belleza y nos movemos castigados por el prurito de la eterna juventud, que muchas veces nos hace sentir invulnerables en un cuerpo anabólico.
El ciclo de la vida, implacable siempre, fructífero o estéril, se acaba allí, bajo la tierra o emparedado tras una lápida, de la que no nos devuelve ni el lujo ostentoso. Hay que presenciar de vez en cuando un entierro para asomarse al rostro del dolor, propio y ajeno, ojalá siempre como espectadores casuales, aunque algún día la obra de la vida nos ofrezca el papel protagónico.
Si esas dos antesalas no conllevan un aprecio por la vida y otra forma de relacionarse con el mundo y el prójimo, visite el área de Urgencias de una EPS. No hallará la realidad editada y armónicamente recreada de Grey's Anatomy ni de A corazón abierto. Tampoco, tal vez, el 'tétrico hospital' que Contreras cantó en La cama vacía, porque muchas cosas han cambiado el sistema de salud, como se puede ver en el Hospital Universitario Mayor - Mederi.
Pero el drama del dolor, de la enfermedad y de la herida es el mismo. Hay un frenesí de camillas y de angustias, de personas que ingresan tal y como las cogió la desgracia instantánea, o que vuelven de este o aquel examen, casi siempre con una bala de oxígeno o la inseparable bolsa de suero. Se escucha con frecuencia la pregunta "¿Cómo va el dolor?", o la frase esperanzadora "subir a piso".
Es tan frenético el acontecer que ni médico, enfermera o auxiliar alcanzan a encadenar un sentimiento o a tejer una emoción. No hay tiempo. Los parientes, dolientes, deben entender el significado de la paciencia y, yo, mientras te miro en la camilla 13 y escucho un ay ay ay interminable, te agradezco que me vuelvas a enseñar el valor de la vida que me diste, mamá.