La forma cómo se ha acogido la conferencia de César Millán –‘el líder de la manada’– en Medellín y Bogotá, que se realizará el 16 y 19 de octubre, como parte de las experiencias del Grupo Aval, nos pone a reflexionar sobre lo que está pasando con los perros, y las mascotas en general.
Financio con tiempo y dinero, y mantengo con mi afecto la vida de un misterioso Shih-Tzu llamado Blue, sucesor de Copito en el trono canino, aunque nunca lo suplantará en el corazón.
Permanece en mi casa a pesar de sus comportamientos equívocos y su ladrido incesante en altavoz, gracias a que es la adoración de mi hija. Que no puede ser más mutua y evidente, ni más parecida a la felicidad que produce el amor, que durante los 20 minutos que se ven al día. Los otros 85.200 segundos nos tocan a los demás. Sin remedio.
Hago parte, pues, de quienes contribuyen a que el mercado de mascotas esté alcanzando crecimientos insondables. Pero no he llegado a considerar la velación en sala exequial que funciona para canes en Bogotá, ni su embalsamamiento, ni sepultura en un cementerio exclusivo.
Sin embargo, y aunque entiendo todo lo que se haga por los animalitos que llenan el corazón de tantas personas, y apocan sus bolsillos, el ladrador de origen chino –que como se acaba de conocer con otra raza zoológica en ese país, tienen la costumbre de criar para que parezcan leones– tendrá terrenal sepultura en un rincón del jardín. Ahí yacerá Blue.
Mientras, los próximos 15 años de nuestras vidas quisiera ser como Millán. Y entender con mi Shih Tzu budista los temas de la conferencia: ¿cómo leer su insólito lenguaje corporal con el fin de prevenir y resolver problemas de conducta y aprender a reconocer lo que es la verdadera agresión, el miedo o la ansiedad?
El asunto va más allá. “Espero que a través de la comprensión del mundo canino –dice ‘el encantador’–, la gente pueda transformar a sus perros y, tal vez, al mismo tiempo un poco a sí mismos”. Ese es el fondo de este asunto. Yo, que soy un poco etológico, he aprendido de Blue lecciones ontológicas. Su comportamiento instintivo le cierra la posibilidad de optar por la conducta doméstica y aprendida, y lo concentra en sus iras. Humano, demasiado humano…
Ahora bien, los perros son integrantes de la familia desde hace muchos años. Su empuje en el funcionamiento de la registradora en la sociedad de consumo puede obedecer a un amor exponencial, referido al incremento del conocimiento del hombre.
El porcentaje de ingresos que invertimos en ellos continuará aumentando, y sofisticándose más nuestra forma de humanizarlos. También deberá cambiar la manera de tratarlos. Nunca más dejarlos abandonados en los hogares todo el día o encarcelados en los carros, como ocurre los fines de semana en los centros comerciales.
También deberemos entender que así vengan en envase Blue, producen miedo en otras personas y nos corresponde controlarlos si vivimos en comunidad.
La vida perrícola nos traerá sorpresas. Que Dios y César Millán nos guarden, guau.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista