Sin meterme en la hondura de analizar sus cualidades y defectos, creo que no habría peor resultado para la democracia colombiana que un triunfo polarizado de Juan Manuel Santos y Antanas Mockus en la primera vuelta, dejando regados por el camino a los demás excelentes candidatos con ínfimos porcentajes de votación.
Sería la tapa de una serie de sucesos que caracterizan a la democracia, a la nuestra, feliz en sus particularidades de excepción. La primera: que a los presidentes en Colombia, según los datos que reseña la Registraduría Nacional del Estado Civil desde 1958, los elige la mitad de la población, y eso si nos va bien.
En la mayoría de las elecciones ha ganado la abstención, alcanzando incluso porcentajes de escándalo, como en la primera vuelta de 1994 (Samper vs. Pastrana), que llegó al 66,05 por ciento.
¿A cuántos de un Censo Electoral, que para las elecciones del domingo alcanza los 29'997.574 ciudadanos, ésto les importará un comino? Ya veremos, aunque con segunda vuelta el proceso pueda comerse la friolera de 200.000 millones de pesos del crítico presupuesto nacional. Para evadir la salida hasta el puesto de votación valen desde los porcentajes de las encuestas hasta una lloviznita.
Pero hay otra cosa. Si los remisos se quedan en la casa, los que eligen se devuelven sin pena ni gloria. Es decir, como pasa en casi todo tipo de elecciones, lo que realmente se hace es darle la responsabilidad a otro. Lo mismo que en los consejos de administración de los conjuntos residenciales, donde, si acaso, la gente se presenta a la asamblea, desaparece y vuelve al año siguiente a simular el interés a través del pereque.
Es claro que la democracia no puede vivir sin interés ciudadano, sin participación, sin control, sin compromiso de la gente. Y ahora está la tiranía de las encuestas. Nos quejamos de la coacción externa y nos sometemos al fuste doméstico. De sufragar solamente por Santos y Mockus en la primera vuelta, sería una verdadera cháchara el cuento que hemos repetido sobre la nómina de lujo que envidiaría cualquier país.
Y resultaría lamentable comprobar que grandes candidatos son Noemí, Petro, Vargas y Pardo, ¿pero para qué votamos por ellos? El cuento del 'voto útil' o amarrado vendría de perlas a un país mercantilizado, donde hasta las fiestas infantiles suprimieron los regalos y privilegian las lluvias de sobres (billete desde chiquitos, papá). El fin no justifica a los medios.
Mejor dicho, parodiando al poeta-presidente, Guillermo León Valencia, si eso pasara, podríamos trovar: "¿Así premias, oh democracia, a los mejores de tus hijos? ¿Con porcentajes los sepultas? ¿Los vistes de elogios y los paseas ceñidos en los cascabeles de los locos? ¡Noemí, Pardo, Petro, Vargas! A quien sólo tuvo para ti palabra de honestidad y compromiso, ¿tú le respondes con la voz del desprecio? A quien se desveló sirviéndote, ¿así lo galardonas tú con el sueño medroso de la indiferencia? A quien cantó para ti con labios encendidos el himno de tus glorias, ¿tú sólo le respondes con el yambo de las encuestas? A quien te ofrendó sus esfuerzos, ¿tú le retribuyes con el desdén de los números? Oh democracia, bendita seas, aunque así nos píes".