Dos noticias llegaron el mismo día y parecen contradecirse. El Dane informó que la economía creció 3,5% en el segundo trimestre, por encima de lo que esperaban Bancolombia, con 3,1%, y el propio Banco de la República, con 3,2%. Es más del doble del 1,9% registrado en el mismo período de 2025, aunque el acumulado del semestre se queda en 2,9%. Horas antes, en Bogotá, Fitch Ratings explicaba que Colombia necesita entre tres y cuatro años para recuperar el grado de inversión y un ajuste cercano a tres puntos del producto que no se alcanzaría antes de 2028. No hay contradicción. Hay dos economías dentro de la misma cifra, y el nuevo gobierno sólo hereda una.
La primera es la que infló el trimestre. El grupo de administración pública, defensa, educación y salud creció 10% y aportó 1,7 pp al resultado anual. Ninguna otra rama se le acercó. Por el lado del gasto, el consumo del gobierno creció 12,2% y contribuyó 1,9 pp, mientras el de los hogares subió apenas 2,8%. El propio Dane atribuyó el salto al proceso electoral, al aumento de plantas de personal en algunas entidades y al pago de retroactivos y honorarios. Es gasto que ocurrió una vez, en un año de elecciones, con un presupuesto que ya se consumió.
La segunda economía es más discreta y más valiosa. La formación bruta de capital fijo creció 7,0% y la construcción se expandió 6,4% frente al primer trimestre. El café permanente subió 16,4%. Eso no es gasto electoral: es inversión que decide quedarse. La reconstrucción sostendrá esa demanda por sí sola durante varios trimestres. También tiene un flanco débil. Las exportaciones cayeron 1,0% mientras las importaciones crecieron 7,5%, de modo que la recuperación se apoya en la demanda interna. Con el dólar por debajo de $3.100 y un recargo arancelario de 12,5% en Estados Unidos, el sector externo no va a compensar la parte que se apaga.
Ahí entra Fitch. La calificación está en BB desde diciembre de 2025, dos escalones por debajo del grado de inversión que el país perdió en 2021. S&P la tiene en el mismo nivel, de modo que no se trata de la lectura aislada de una firma. Richard Francis, codirector de deuda soberana para las Américas, proyecta un déficit de 7% del producto este año, por encima de la meta oficial, con un desbalance primario cercano a 3%, y advierte que la reconstrucción podría sumar medio punto adicional. Señaló además que quieren ver la deuda bajando, no solo estabilizada, porque estaría cerca de 65% cuando el promedio de los países comparables es 55%. Sobre la vía del recorte de gasto fue explícito: hacerlo solo por ahí sería muy difícil.
Leídas juntas, las dos noticias dicen algo preciso. El 3,5% no es un permiso: es una advertencia sobre la composición del crecimiento. Al gobierno que se posesionó el 7 de agosto se le va el motor que produjo casi dos de esos puntos y le queda el que apenas arranca. Su tarea no es defender la cifra sino sustituirla, cambiando consumo público irrepetible por inversión privada sostenida, sin recurrir a una expansión fiscal que el mercado ya no financia en las mismas condiciones.
Ese examen tiene fecha. El Presupuesto de 2027 se radicará pronto y será el primer documento verificable de la nueva administración. Lo que importa no es el monto total, que siempre se puede inflar, sino si el gobierno se compromete con una senda explícita de déficit primario y si los ingresos proyectados descansan en medidas aprobadas o en supuestos. Cuando esas respuestas sean creíbles por los analistas, la calificación empezará a moverse, las tasas a bajar y la inversión regresará más rápido.