La meta de volver a producir un millón de barriles diarios de petróleo no es simplemente un objetivo sectorial. Es, sobre todo, una prueba de realidad para la política energética y económica del país. Colombia produce hoy cerca de 731.000 barriles diarios, muy lejos de los niveles alcanzados en 2015 (1.006.192 barriles día), mientras las reservas de petróleo y gas siguen reduciéndose y la competencia internacional por la inversión es cada vez más intensa.
El anuncio la Ministra de Minas y Energía a Portafolio, de impulsar proyectos estratégicos, destrabar contratos vigentes y revisar condiciones para atraer capital representa un cambio de tono relevante. Conviene recordar que la producción de hidrocarburos continúa siendo un soporte fundamental para las finanzas públicas, las exportaciones, el empleo y la seguridad energética. Negar esa realidad equivaldría a desconocer las necesidades económicas del país.
Sin embargo, la ambición debe venir acompañada de resultados. Colombia ha escuchado durante años promesas sobre agilización de trámites, seguridad jurídica y mayor competitividad. El verdadero desafío no está en anunciar nuevas estrategias, sino en demostrar que los proyectos pueden avanzar dentro de tiempos razonables y reglas estables.
Si los inversionistas perciben incertidumbre, el capital seguirá llegando a otros destinos que ofrecen mayor previsibilidad, como ocurrió en los últimos cuatro años.
La señal más preocupante es la caída de la producción de gas y la reducción de las reservas. Más que un problema empresarial, se trata de un asunto de interés nacional. Un país que depende cada vez más de importaciones energéticas pierde margen de maniobra económica y expone a hogares e industrias a mayores riesgos.
Por eso, la discusión no debe centrarse únicamente en alcanzar el millón de barriles diarios, sino en construir una política energética pragmática que combine mayor producción, aprovechamiento de recursos contingentes, eficiencia regulatoria y confianza para la inversión. La meta es importante. Pero lo es mucho más que Colombia recupere la capacidad de convertir su potencial energético en crecimiento, empleo y seguridad para los próximos años.