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Un buen modelo

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Durante la última década, la economía colombiana se vio atacada en forma virulenta por la enfermedad holandesa. Con el apoyo de un manejo económico cortoplacista, el auge de la extracción y exportación de minerales e hidrocarburos condujo a una violenta revaluación de nuestra moneda.
Tanto industria como el agro vieron su competitividad destruida por esa revaluación, mientras se veían acosados por la apertura ciega de nuestras fronteras y la firma, sin ton ni son, de TLC sin estudios ni objetivos serios, con la consiguiente contracción en la mayoría de los sectores productivos. Esto, al mismo tiempo que no se usaba, aunque fuera en parte, esa bonanza para mejorar nuestra educación y desarrollar nuestra infraestructura.
Pero esa francachela se acabó. El déficit total de nuestra balanza comercial superará los 5 mil millones de dólares en 2014, y alcanzará varias veces esa cifra en el 2015, con la caída de los precios del petróleo. Como este déficit no es sostenible en el tiempo, la tasa de cambio ha subido a niveles mucho más lógicos, de los cuales no es previsible que caiga. Lejos de ser esto malo, como los fundamentalistas de la apertura predican, la nueva tasa le ha dado una mayor competitividad al sector productivo. Y esta no se limita al sector exportador, como frecuentemente se cree. De ella también se beneficiará el ramo productivo que vende localmente, porque se disminuirá el apoyo que un peso sobrevaluado le daba a la competencia desleal de los productores extranjeros subsidiados por sus gobiernos, por sus salarios y por sus tasas de cambio.
Es aquí donde Colombia debe reconocer las oportunidades. La minería y los hidrocarburos constituyen el 7,5 por ciento del PIB, pero solo generan el 0,7 por ciento del empleo, un porcentaje de empleo aún más bajo que el del sector financiero (5,4 por ciento del PIB, 1,2 por ciento del empleo). En cambio, la industria, a pesar de no recibir especial atención en las políticas públicas, aporta el 11 por ciento del PIB y genera el 12,3 por ciento del empleo (2,7 millones de puestos de trabajo). Y el sector agrícola, prácticamente abandonado a su suerte, genera el 16,4 por ciento del empleo (3,7 millones de trabajos) con el 6,2 por ciento del PIB. Hasta el sector de comercio, restaurantes y hoteles, que participa con el 12 por ciento en el PIB, con toda su informalidad, genera 27,2 por ciento de los puestos (aunque con una fuerte participación del subempleo).
Colombia tiene que decidir cuál es el modelo de desarrollo que conducirá a un mayor empleo y más bienestar. ¿El de un país dependiente de sectores extractivos, minería e hidrocarburos, intensivos en capital, pero que no generan empleo y que destruyen el medioambiente, supeditado a los dólares del petróleo para importar todo lo que consume y con un Estado burocratizado? ¿O el de una economía productiva diversificada, con actividad industrial, agrícola y de servicios, sólida, sostenible, que permita innovación, desarrollo humano y más equidad? La coyuntura de petróleo barato y dólar alto ofrece una ocasión especial para que se opte por el segundo, el cual, para mí,es el que mejor le conviene al país. Ojalá así se entienda.
* * * * *
“Es tanta su majestad/ aunque son sus duelos hartos/ que aún con estar hecho cuartos/ no pierde su dignidad/ pero pues da autoridad al gañán y al jornalero/ poderoso caballero es Don Dinero”. Esto escribía don Francisco de Quevedo y esto recita obediente don Antanas Mockus. ¡Qué pena!
Emilio Sardi
Empresario
esardi@tecnoquimicas.com.co
 
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