Desastre natural
Es por la incapacidad de las autoridades que definen, regulan y controlan los usos del suelo urbano

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Altos funcionarios han afirmado que “la naturaleza nos está pasando la cuenta de cobro” por la deforestación sin control y el mal manejo ambiental. Eso es cierto, pero ese diagnóstico es parcial y condescendiente. Dicha cuenta es por la imprevisión, la falta de capacidad técnica y la incompetencia y corrupción de las instituciones que debieran proteger a Colombia de los desastres naturales. Además es por la incapacidad de las autoridades que definen, regulan y controlan los usos del suelo urbano y rural y que permiten asentamientos humanos en zonas de alto riesgo, así como por gobernantes que impulsan obras de infraestructura con visión cortoplacista, sin diseños adecuados y en complicidad con contratistas abusadores, sin atender las exigencias de seguridad que imponen los suelos y el clima colombianos.
El índice 2008-2009 de Transparencia Internacional muestra a 16 Corporaciones Autónomas Regionales entre las 50 entidades estatales con mayor riesgo de corrupción. Esas organizaciones, otrora manejadas por técnicos honrados y capaces, son hoy focos de corrupción y desaliño, fruto de la Ley 99/93 que regula su operación y que condujo a su politización a través de la “participación ciudadana” tan importante en la perversa colcha de retazos que desde 1991 funge como nuestra Constitución.
Hoy corresponde al país movilizar toda su solidaridad y proveer los recursos requeridos en la asistencia humanitaria de emergencia, en la rehabilitación y en la reconstrucción, pero también debe pensar en el futuro. El Sistema Nacional para la Prevención y Atención a Desastres carece de fuerza, pues se maneja a un nivel subalterno dentro del Ministerio del Interior, el cual nada tiene que ver con la infraestructura o el medio ambiente.
En el Plan de Desarrollo del próximo cuatrienio, el tema debe tener la trascendencia que merece. Para que la prevención y gestión de desastres sirvan de verdad de soporte transversal a la prosperidad democrática, deben tener los recursos y el peso que realmente requieren, y con criterios para la reducción de riesgos. Pero más que eso, es indispensable cambiar la funesta Ley 99/93 que tanto daño le está haciendo a Colombia. El recurso hídrico nacional debe ser manejado técnicamente y no por quienes han demostrado en forma tan dramática ser el verdadero desastre natural de este país.

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