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Más que utilidades

Pasar de un capitalismo de accionistas a uno de “partes interesadas”, la idea de moda en Davos, requerirá mejor comunicación y compromisos.

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Transcurre esta semana la quincuagésima reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF) en la estación alpina de Davos. El famoso encuentro de líderes políticos, poderosos empresarios y ejecutivos y activistas sociales ha tenido como tema central el llamado “capitalismo de partes interesadas” o stakeholders, como se le dice en inglés.
Este concepto no es nuevo e incluso había sido expuesto hace 47 años por Klaus Schwab, el fundador del WEF. La idea es que las compañías no deben servir única y exclusivamente a los intereses económicos de sus accionistas y a la maximización de las ganancias, sino también incluir a distintos grupos de interés como sus empleados, las comunidades, los proveedores, entre otros.
Este radical cambio de paradigma implica que las empresas, en especial las más grandes y poderosas, deben comprometerse con la responsabilidad social y ambiental, la anticorrupción, los derechos humanos, el cambio climático y el bienestar de sus trabajadores. Durante el año pasado estos conceptos estuvieron presentes en los debates de las salas de juntas de las más importantes corporaciones del mundo.
De hecho, en agosto pasado, la mesa redonda de empresas de Estados Unidos, que congrega a 200 importantes compañías, publicó que el principal propósito de los negocios debería ser “una economía que sirva a todos”.
No es un hecho menor que la élite global política, económica y financiera discuta en Davos ese equilibrio necesario entre propósitos sociales y utilidades. En especial en momentos en que el credo de la globalización, el multilateralismo, el comercio y las libertades democráticas como motores del progreso económico y político de las sociedades está bajo brutal ataque.
Potencias globales como Estados Unidos y Reino Unido en manos de populistas que desprecian el libre comercio, las economías norteamericana y china en proceso de desacoplamiento, levantamientos y descontento social desde Francia hasta Colombia contra el sistema vigente, son solo algunas de las tendencias que ya están preocupando a las élites del mundo.
Las acciones para mitigar el cambio climático reflejan como pocos temas esa intersección entre dirigentes políticos, empresarios y activistas. La más grande gestora de fondos, BlackRock, anunció que redirigiría sus inversiones, estimadas en unos 7 billones de dólares, hacia apuestas sostenibles.
Detrás de este impulso para cambiar el paradigma tradicional de las utilidades como propósito único de las compañías está el surgimiento de bloques de la sociedad que ya no creen en la iniciativa privada como ese generador de progreso colectivo.
Los empresarios colombianos no están ajenos a esas tendencias globales. En diciembre pasado, por primera vez en 20 años, la encuesta Gallup encontró que la imagen desfavorable de la clase empresarial del país es mayor que la positiva. Si bien la crisis de desprestigio cobija muchas más instituciones, el sector privado nacional no puede escudarse detrás del “mal de muchos”.
Este paradigma de unas empresas atendiendo intereses de comunidades y de otros grupos de interés no es nuevo para muchas compañías colombianas grandes. Por distintas razones, muchos sectores económicos han construido una larga tradición de crear confianza con las comunidades que impactan.
Sin embargo, una hoja de ruta clara, replicable y escalable para avanzar no es fácil. La encuesta Pulso Global de YPO a casi 3 mil presidentes de empresas muestra que sólo un tercio tiene un plan específico para construir confianza con empleados. Más que discursos y manifiestos, los directivos necesitarán comunicar mejor su rol y asumir acciones que atiendan las necesidades de grupos cercanos como los trabajadores y proveedores.
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