Todavía recuerdo cómo cuando se viajaba al exterior las comunicaciones más recientes eran las de los periódicos envejecidos, los cuales se vendían en los puestos de revistas y eran llevados por los vuelos de Avianca a diferentes partes del mundo. Siempre estábamos atrás de la noticia y Colombia no existía en la práctica para las noticias locales en el exterior. Lo personal era por carta que podía demorar ocho días en llegar y unos quince días en recibir la respuesta.
Para las cosas urgentes era necesario apelar al teléfono y a las llamadas de larga distancia, las que para un estudiante con una beca exigua eran impagables y cuando teníamos que utilizar este medio de comunicación renunciábamos a alimentarnos ese día. Cuando nos llegaba un telegrama nos invadía anticipadamente la tristeza antes de proceder a abrirlo, generalmente eran malas noticias. Convivíamos con la incertidumbre. Nos reíamos o llorábamos, siempre con retraso.
La verdad, siento que no han pasado muchos años aunque todo cambió por los avances tecnológicos. Hoy, ahora, conocemos las noticias de mañana. Cuando viajamos hablamos con nuestros seres queridos más a menudo que cuando nos encontramos en la misma casa, recibimos y damos instrucciones haciéndoles desde la lejanía la vida imposible a nuestros compañeros de labores, cuando no les quitamos el sueño por las diferencias horarias.
Por ejemplo, hoy en Colombia, a las tres de la mañana, ya sé que a la primera ministra de Gran Bretaña le negaron la aprobación de su negociación del Brexit, que parece que hoy no la van a censurar y qué no sabe ni qué va a hacer mañana o qué es lo que esperan sus compatriotas. Hasta un nuevo referendo puede haber y, esta vez, los más pobres entenderán que es mejor Europa que el chauvinismo y la xenofobia.
También sé que el señor Trump está ahorrando para un muro al no pagarles a los trabajadores encargados en la mayoría de los casos de los programas sociales dirigidos a los más necesitados o a la cultura, los museos o la prestación de servicios públicos necesarios y urgentes. Los empleados esperan y desesperan y, el señor Presidente: delirando.
En Venezuela no he podido saber todavía a quién debemos decirle Presidente, somos adalides de la democracia en el exterior y, en el entretanto, aumentan las muertes de líderes sociales en nuestro país, la corrupción y las prácticas antidemocráticas. Decidimos reducir al máximo el diálogo y la comunicación civilizadas y, en su defecto, más bien nos faltamos al respeto.
Y yo: mustio. Cuando algo quiero hacer, escribir o decir, se convierte en obsoleto. Entre la crisis de la integración europea, la presunta conexión rusa de Trump, la incertidumbre en Venezuela y otros temas, como la caída de la inversión extranjera, que las calificadoras de riesgo nos bajen la nota o, que se ponga bravo el Tío Sam y nos descertifique, me avasalla el desconcierto y, si a ello le agrego Facebook y sus noticias falsas, me encuentro al borde del colapso. El mañana es ayer.