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Entre la frustración y la esperanza

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Escuchando atentamente las presentaciones que en reciente foro de Anif y Planeación Nacional fueron objeto de discusión y debate, sentimientos encontrados me embargaron en mi simple condición de miembro del segmento de la población colombiana, clasificada entre el rango de adulto mayor (aquellos nacidos antes de la segunda mitad del siglo XX). Esta ambivalencia entre frustración, producto del reconocimiento del atraso en materia de competitividad de nuestro país con respecto al primer mundo y a la mayoría de nuestros vecinos en la región, y sentimientos de ilusión y esperanza frente a los retos y propósitos que el país –sectores público y privado– de la mano- está asumiendo de aquí a los próximos veinte años.
Que estamos muy mal en materia de infraestructura es algo que ya ha sido suficientemente analizado y diagnosticado. ‘Gracias’ a una geografía y topografía muy variada y pintoresca, sumado ello una arraigada deficiencia en el diseño y ejecución de políticas de inversión pública, la frustración actual es inevitable, a lo cual hay que agregar una alta dosis de culpabilidad por lo que cada uno de los adultos mayores vigentes no hicimos o hicimos mal.
La ilusión y la esperanza para beneficio de las futuras generaciones está en que, aparentemente, todos hemos aprendido de los errores del pasado y conscientes de esta realidad, no es descabellado vaticinar un futuro mucho más grato para las nuevas generaciones, más allá del color político o ideología que distinga a los gobiernos que rijan los destinos de Colombia en las próximas dos o tres décadas.
Nada más deseable que llegue a ser realidad y que, además, produzca los frutos anhelados el plan de inversiones, familiarmente conocido como de cuarta generación, y que está previsto ejecutar de aquí al 2034. La destinación de recurso en proyectos de inversión en dicho periodo será del orden de los 270 billones de pesos (algo así como el 40 por ciento del PIB actual). En ese mismo lapso, cerca de 15 millones de colombianitos y colombianitas vendrán a este mundo, y más concretamente nacerán en este país, y si todo sale bien o bastante bien, ellos conocerán una realidad totalmente diferente a la que estamos viviendo los 47 millones de hoy, de los cuales unos 10 millones para ese entonces nos habremos ‘bajado del bus’, en cumplimiento de la profecía keynesiana según la cual, el largo plazo es aquel periodo de tiempo en el cual todos estaremos muertos.
Si a esta perspectiva muy positiva, se le adiciona un elemento clave, como es y debe ser, la erradicación del conflicto, que en mayor o menor proporción ha golpeado a todas las generaciones de colombianos y colombianas nacidos y nacidas desde 1819 a hoy, pues la frustración pierde intensidad y gana terreno la ilusión y el anhelo de que, con base en el aprendizaje emanado de los errores colectivos del pasado, el futuro de Colombia y el bienestar social de sus futuros habitantes sea muy distinto, y, sobre todo, mucho más halagüeño y estimulante. Por ejemplo, trasladarse de Bogotá a Buenaventura (antigua y nueva capital del país respectivamente) en tan solo seis horas.
Sentido homenaje: el pasado jueves 23 de abril, directivos y estudiantes de la facultad de Economía del Rosario, con el concurso del Banco República, rindieron un emotivo homenaje a la obra y vida del profesor Manuel Ramírez Gómez. Muy oportuno que tal evento se haya dado en vida del protagonista.
Gonzalo Palau Rivas
Profesor, Universidad del Rosario
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