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¿Habemus ‘boom’ económico?

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Hace 50 años (1963) se originó lo que, en la historia moderna, se ha denominado el boom de la literatura’ en América Latina.
Este fenómeno artístico, cargado de ingentes dosis de contenido político –dado el ambiente contestatario que se vivía en muchos países de la región– llevó a los umbrales de la fama a autores tan conocidos como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y nuestro Gabo, por mencionar solo a algunos. A esta circunstancia histórica hizo referencia el connotado profesor Sebastián Edwards en el marco del reciente congreso de la FIAP y Asofondos, con el fin de establecer un deseable y posible paralelismo, pero esta vez con trasfondo económico.
Para este y otros académicos, Latinoamérica puede estar a las puertas de un nuevo auge, sin echar a perder todo el prestigio ganado en el campo de la literatura.
De ser realidad este escenario, los países latinoamericanos podrían recuperar en el campo económico y en el transcurso de los próximos 50 años (¡) parte o la totalidad del terreno perdido desde sus orígenes.
América Latina tiene actualmente una población que es dos veces la de Estados Unidos, pero su PIB total es menos de la mitad que el PIB norteamericano. La aparente ventaja comparativa en fuerza laboral potencial y tamaño de mercado global no ha producido los resultados esperados.
No sobra recordar que en los inicios de esta carrera hacia el desarrollo económico no hubo ventajas ni para unos ni para otros. A principios del siglo XIX, punto de partida de ese proceso, Norteamérica y América Latina tenían el mismo nivel de ingreso per cápita.
Con el transcurrir del tiempo se fue gestando una amplísima brecha con características de bola de nieve. ¿Por qué ocurrió esto?
Abundante literatura existe y se ha escrito sobre las posibles causas de esta inocultable realidad, desfavorable para los descendientes de origen hispano-lusitano y ampliamente favorable para los descendientes de origen anglosajón.
Otros autores modernos como Acemoglu y Robinson identifican como causa principal de las grandes diferencias, las relativas a la calidad de las instituciones y, como consecuencia de ello, su impacto desigual y perverso en la toma de decisiones de políticas públicas.
Afortunadamente, el mundo es cambiante y la historia no necesariamente se repite. Se está generando un consenso según el cual antes de que termine el siglo XXI el bloque de los países latinoamericanos podrá estar al mismo nivel de los hoy llamados desarrollados.
Las tasas de crecimiento actuales y las proyectadas a futuro, más estabilidad política, así como un mayor respeto a las reglas de juego –salvo el caso aberrante de Venezuela- son la semilla para este nuevo amanecer y la explicación de esta visión optimista–.
Lo llamativo es que por esta buena senda transitan economías enmarcadas dentro de modelos políticos e ideológicos bien diferentes.
Así como en una orilla uno puede ubicar a Colombia o a Chile y México, en la otra –igualmente exitosos– se asoman Perú, Brasil y el mismo Ecuador.
Quieran los astros que estemos en presencia de una gran diversidad política –innegable a todas luces–, pero a la vez muy enriquecedora y provechosa.
La cita es para el 2063 a las cuatro de la tarde del día 22 de abril (los que puedan y no se les olvide).
Gonzalo Palau Rivas
Profesor de Economía, U. del Rosario
gonzalo.palau@urosario.edu.co
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