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¿Predial con retefuente?

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Habrá algo más desagradable y doloroso para el común de la gente que tener que pagar impuestos? Difícil encontrar algún otro aspecto de la vida real que pueda generar tanta molestia e insatisfacción. Las guerras o las enfermedades son igualmente indeseables, pero a diferencia de los impuestos, no suelen tener carácter permanente y recurrente. Así ha sido desde épocas inmemoriales. En tiempos de la Edad Media, la clase trabajadora o campesina –así no tuviese ninguna propiedad– debía aportar en dinero o especie, al sostenimiento del señor feudal.
En la era moderna, con la revolución industrial y la consolidación del sistema capitalista, los impuestos se convirtieron en la fuente principal para que los estados y sus gobiernos pudiesen cumplir con atender necesidades básicas como la seguridad externa, el mantenimiento del orden público y la administración de justicia. Dado que el ciudadano considera siempre que los impuestos que le cobra el Estado son excesivos y, adicionalmente, son mal utilizados, siempre habrá y ha habido esa actitud de malestar e inconformismo.
Los movimientos independistas de todo el continente americano tuvieron su génesis precisamente en ese ambiente adverso frente a la autoridad. Así fue en Estados Unidos con respecto a la Gran Bretaña y así fue en América Latina con la corona española. Lo del florero de Llorente, en la antigua Nueva Granada, fue simplemente un detalle episódico y folclórico que tuvo raíces mucho más profundas. El grito de independencia nuestro se gestó desde la Revolución de los Comuneros, a finales del siglo XVIII, como rechazo al cobro de los tributos que existían por ese entonces, como la alcabala, el almojarifazgo o la Armada de Barlovento.
En Colombia, y en pleno siglo XXI, vuelve y juega. Han proliferado las expresiones de protesta en la mayoría de las ciudades del país, pero con énfasis en la capital de la República, a raíz del cobro del impuesto predial para el 2015. En esta última, es innegable que el inconformismo se retroalimenta y fortalece por razones políticas e ideológicas que, con razón o sin razón, prevalecen en la mente de los propietarios de vivienda.
Así las cosas, algo habrá que diseñar para mejorar el clima entre autoridad fiscal y contribuyentes. El problema no es tanto un reajuste desmedido en los avalúos, pues según los expertos en la materia, estos –salvo casos muy excepcionales– siguen estando por debajo de los valores comerciales, entendiendo este último como el valor que un propietario recibiría en condiciones normales por la venta del inmueble a precios de mercado. Situación muy diferente sería que un alto porcentaje de propietarios tuviese que liquidar simultáneamente sus bienes raíces para poder pagar el predial. Ahí sí sería la debacle.
En el fondo, el problema está en que las valorizaciones de las viviendas a través del tiempo son reales, pero no constituyen ingreso en efectivo para su poseedor. En otras palabras, no es un dinero ‘real’ que el propietario pueda destinar al pago del impuesto. Cuando llega la factura y el plazo perentorio, nadie, o muy pocas personas, se han preparado para esta circunstancia. ¿Será posible diseñar un mecanismo similar a la retención en la fuente, de forma tal que los dueños de finca raíz en todas sus manifestaciones, que en su mayoría deben ser asalariados o pensionados, puedan ir ‘apoquinando’ mensualmente el valor del predial y evitar la conmoción social de todos los años?
Gonzalo Palau Rivas
Profesor U. del Rosario
gpalau@cable.net.co

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