Cada vez que el Banco de la República o el Dane informan a la opinión pública el estado de la deuda externa colombiana, suele generarse tremendo alboroto, comentarios desacertados, y sobre todo, grandes errores de interpretación.
El dato más reciente ubica el saldo de esa deuda en US$55.000 millones (números redondos), y ello puede llevar a que el ciudadano común y corriente entre en situación de pánico, convencido de que estamos llegando a la hecatombe vaticinada por un reconocido ex presidente, si no se daban determinadas situaciones políticas.
Varias sencillas, pero importantes precisiones al respecto: ni a nivel personal, familiar, empresarial, ni tampoco a nivel del Gobierno Nacional, tener deudas es malo 'per se'. Como bien diría otro recordado ex mandatario, todo depende de sus justas proporciones; en este caso la capacidad que se tenga en el futuro para atender las obligaciones contraídas.
Si uno revisa las declaraciones de renta de las personas de mayores ingresos en Colombia, así como los estados financieros de las 500 empresas mejor posicionadas por volumen de ventas, de seguro allí encontrará las personas y las empresas con mayores niveles de deuda en el país; sencillamente las entidades financieras les prestan a los que razonablemente consideran que les van a poder devolver los fondos entregados.
Con los gobiernos sucede lo mismo, y para eso está el mecanismo -que no siempre funciona adecuadamente- de la calificación de riesgo entre grado de inversión y grado especulativo. Más que el saldo o valor absoluto de la deuda externa, lo que hay que mirar es el porcentaje que representa con relación al PIB, y en nuestro caso, dicha relación ha disminuido ligeramente, a pesar de la tendencia creciente a contraer nuevas deudas en dólares, como resultado del proceso revaluacionista. Por otra parte, no toda la deuda externa es culpa o mérito (según la óptica con que se mire) del Gobierno Nacional.
En números redondos, la tercera parte de ella (US$18.000 millones) está en cabeza del sector privado; léase fundamentalmente bancos comerciales y empresas de capital extranjero que operan en el país, y que por razones obvias mantienen importantes vasos comunicantes con la multinacional respectiva.
De los US$37.000 millones restantes, ni un sólo dólar se le adeuda al oprobioso e imperialista Fondo Monetario Internacional, gracias a que en las últimas décadas, las crisis nuestras no han tenido la intensidad observada en la escala Richter financiera de otros países de la región, como Argentina o Venezuela. Los acuerdos de contingencia suscritos en dos oportunidades generan compromisos, pero no son deuda, pues no ha habido desembolso de fondos.
Más del 50 por ciento de la deuda oficial obedece a bonos emitidos y colocados en las bolsas internacionales entre fondos de inversión pertenecientes a ciudadanos exitosos de todas las latitudes que buscan rentabilidad para sus excesos de liquidez. No sorprendería que detrás de las últimas emisiones del Gobierno colombiano estén algunos de los héroes de la reciente hazaña de la armada española en el Mundial de Sudáfrica. Famosos y con mucha liquidez.
El gran problema de la deuda pública no está en el frente externo, sino en el interno, a través de esa bola de nieve en que se están convirtiendo las emisiones de TES. Todos los miércoles las hay, pero -por rutinarias y frecuentes- ni siquiera llegan a publicitarse en los obituarios o en los clasificados de los diarios impresos.