La reflexión o inquietud a que hace referencia el encabezado de esta nota tiene que ver con la experiencia acumulada en varios lustros de enseñanza sobre temas económicos en centros académicos catalogados como de ‘alta calidad’.
En mi condición de ‘maestro’ (con m minúscula), he tenido la amarga experiencia de que, en su mayoría, los estudiantes demuestran grandes conocimientos en aspectos teóricos (construcción e interpretación de modelos de equilibrio general), pero no tienen ni idea acerca de conocimientos elementales de historia patria o geografía nacional.
Algunas perlas para ambientar la discusión: cuando en una sesión de clase estamos mirando el panorama de las tasas de cambio y se me ocurre preguntar al auditorio sobre la moneda de curso legal en Panamá, la respuesta casi unánime es, obviamente, el dólar norteamericano.
Respuesta que, todos sabemos, es incorrecta, pues la divisa de curso legal en Panamá es el balboa, así con este nombre solo circulen unas pocas monedas de baja denominación.
Sin embargo, el problema no es esta imprecisión a todas luces justificada, sino que, al formular la siguiente pregunta: ¿por qué se llama balboa?, el mutis por el foro sea tremendamente ‘elocuente’. Esta y otras generaciones de estudiantes no tienen ni idea de que a Vasco Núñez de Balboa se le recuerda por haber sido el primer europeo en atravesar, en 1513, las montañas del istmo de Panamá y, consecuentemente, haber sido el primer europeo en avistar el Océano Pacífico, convirtiéndose así en el precursor de esa magna obra que es el canal interoceánico.
El vacío informativo no es, entonces, en el ámbito económico, sino en algo claramente mucho más grave: un desconocimiento sobre hechos, que para bien o para mal, marcaron el destino de nuestros países y, especialmente, el de Colombia.
Otra perla de falta de conocimientos, ya no sobre historia, sino en geografía, tiene que ver con la reiterada definición de PIB. Todos saben que esta abreviatura corresponde a la producción de bienes y servicios finales de una economía en un territorio determinado.
Definido esto, se me ocurre indagar acerca de la extensión de dicho territorio en Colombia (no en Nigeria), y el silencio predomina o las pocas respuestas son absolutamente disparatadas. Así fuese producto de un ejercicio memorístico, antiguamente, uno, desde primaria, tenía siempre presente aquella cifra de un millón ciento veintidós mil kilómetros cuadrados, cifra que hoy habría que revisar eventualmente, no por inflación, sino como resultado del lamentable fallo de la Corte de La Haya.
Otras preguntas como, por ejemplo, saber quién fue Carlos Lleras y cuál su aporte a la economía colombiana, resultan ser de absoluta ciencia-ficción.
Sin embargo, y en favor de esta y otras generaciones anteriores de estudiantes, tengo que reconocer que no solo son diestros en el manejo de modelos y simulaciones, sino que, sorprendentemente, muchos de ellos ya son exitosos empresarios, destacados dirigentes empresariales y hasta uno que otro ha sido ministro de Hacienda.
Ante esta realidad, me encuentro en una situación de profunda confusión mental, cual sumo pontífice en trance de renunciar a su cargo.
Para triunfar en el ámbito empresarial o para ser un certero hacedor de políticas públicas, ¿es requisito tener conocimientos de historia o geografía como los arriba comentados?
Gonzalo Palau R.
Profesor, U. del Rosario