Hace veinte años el mundo apenas procesaba la disolución de la Unión Soviética y el surgimiento de la Federación Rusa.
Las expectativas frente a este nuevo país fueron múltiples, no sólo por ejercer soberanía sobre el territorio más grande del planeta en sus 17 millones de kilómetros cuadrados, sino por su riqueza en recursos naturales, la apertura hacia una economía de mercado y la transición a una estructura democrática.
Luego de casi dos décadas, los anhelos se encuentran con una realidad agridulce.
Si bien el ingreso per cápita ha tenido una expansión enorme y se ha logrado, a pesar de las dificultades, un viraje relativamente positivo hacia un modelo económico liberal, hay problemas crónicos.
La democracia se ha debilitado por la concentración de poder en cabeza de Vladimir Putin, quien desde 1999 hasta el 2008 ocupó la Presidencia y durante los últimos cuatro años ha ejercido como el poder detrás del trono en calidad de primer ministro de Dimitri Medvedev, el jefe de Estado que Putin mismo promovió. El agravante de esta situación ha sido la manifestación de Putin para aspirar de nuevo a la Presidencia en las próximas elecciones de marzo, frente a lo cual las voces de rechazo popular se han alzado propiciándole al Partido de Gobierno un sustancial revés en las elecciones parlamentarias de diciembre pasado.
Ante el debilitamiento democrático se suman problemas de corrupción, la constante presión a los medios de comunicación y la consolidación de una clase dirigente arropada en intereses creados.
Pero al margen de todas estas preocupaciones, las cuales se ventilan a diario en medios y centros de pensamiento internacionales, existe en Rusia una crisis más profunda: la agonía demográfica.
Según el profesor Nicholas Eberstard, del American Enterprise Institute, el gigante siberiano padece un catastrófico deterioro demográfico expresado en tres entierros por cada dos nacimientos durante las últimas dos décadas.
Tan grave es el problema, que entre 1993 y el 2010 la población rusa pasó de 148 millones de habitantes a cerca de 142 millones.
Entre las causas de este declive dramático sobresalen graves dificultades en materia de salud, con un aumento acelerado de las muertes por deficiencias cardiovasculares y al mismo tiempo un debilitamiento de la institución familiar con una caída en el número de nacimientos y 56 divorcios por cada 100 matrimonios.
Las consecuencias económicas de esta situación son una bomba de tiempo, mucho más ante el envejecimiento de la población y la proyección, según la cual para el 2025 el 19 por ciento de los habitantes será mayor de 65 años.
A menos de dos meses de las elecciones, estos temas salen a flote para evaluar los resultados de una gestión de gobierno y de la era ‘democrática’.
Han pasado 20 años de un proceso de trasformación histórica, donde existen mejoras indiscutibles. Sin embargo, la tragedia demográfica y política hace evidente la urgencia de un cambio.
Iván Duque Márquez
Analista - Consultor internacional
ivanduquemarquez@gmail.com