Hace pocos días, algunas cadenas internacionales presentaron una escena dantesca.
Una vez más, la barbarie salía a flote en Afganistán para castigar a una mujer en estado de indefensión por supuestas acusaciones de adulterio.
Najiba, según la prensa, era su nombre, y su edad escasamente superaba los 20 años.
En medio de una muchedumbre masculina, animada por la irracionalidad –gritaba jubilosa–, el esposo la sometía violentamente a un juicio religioso.
La escena no concluiría ahí. Invocando el nombre de Dios, un mal llamado juez la condenó y, sin reparo alguno, el esposo se dispuso a cumplir el veredicto. Para ello, tomó un fusil de asalto y sin dubitaciones lanzó contra el cuerpo de la joven mujer, acurrucado, a la espera de la inmisericordia de su verdugo, varias ráfagas que dieron fin a su existencia.
Como si se tratara de un acto sagrado, el público insensible gritaba su gratitud a Dios por hacer cumplir la ley.
La muerte de Najiba es otro capítulo más de la infamia que se vive en Afganistán contra las mujeres.
Por supuesto, el Gobierno, al ver la dinámica de las comunicaciones virales iniciadas por un teléfono móvil, salió a rechazar el hecho perpetrado por talibanes, y solicitar la pronta captura de los culpables.
El pronunciamiento enfático se daba casi simultáneamente con una reunión de países donantes que, como condición a cualquier ayuda hacia ese país, requieren medidas efectivas frente a la dignidad de la mujer.
Han pasado 10 años desde la derrota del régimen talibán. La transición hacia un supuesto Estado garantista e inclusivo se ha consolidado en el papel.
A pesar de contar con un ordenamiento constitucional, que escribe en piedra la igualdad de género, la existencia de cuotas de representación política y de instituciones públicas al servicio de la dignidad femenina, las uniones maritales por la fuerza son el común denominador, el acceso de la mujer a la educación es mínimo y la falta de autoridad para tutelar los derechos constitucionales es una realidad incuestionable.
Para completar el cuadro, se estima, según la ONU, que cerca del 90 por ciento de las muertes afganas ha padecido de abusos físicos, sexuales o psicológicos.
Lo triste de la historia es que la violencia contra la mujer subsiste en países con democracias liberales.
El reporte estadístico de la mujer, presentado por la ONU, nos dice que en países como República Checa, Australia, Perú, Costa Rica, Finlandia, Colombia, México e inclusive Dinamarca, el 40 por ciento de las mujeres ha experimentado violencia física, al menos una vez en su vida, siendo sus parejas íntimas los principales causantes de las agresiones.
Esta situación amerita una acción firme de las autoridades y la creación de una verdadera cultura de respeto a la dignidad de la mujer que se siembre en la sociedad.
Uno de los grandes retos es vencer la impunidad. Mientras ella subsista, las mujeres estarán bajo el asecho del fantasma de la infamia.
Iván Duque Márquez
Analista - Consultor internacional
ivanduquemarquez@gmail.com