Se han cumplido 50 años de aquel día trágico en el que Ernest Hemingway decidió poner fin a su existencia. Tras su muerte, la literatura norteamericana perdió a una de sus grandes figuras; al mismo artista que en Adiós a las armas, Fiesta, El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas, con una prosa simple y profunda, influenció a varias generaciones.
Luego de su viaje fatal, otra figura tal vez de igual dimensión, pero con menos galardones, lamentó la partida de su ex amigo.
John Dos Passos, héroe de la prosa cotidiana y autor de Manhattan Transffer, una de las mejores novelas del siglo XX, donde el estilo, las estructura y la secuencia innovan el arte de la novela, reconoció la dimensión histórica y política de una vida paralela.
Doss Passos y Hemingway nacieron a finales del siglo XX. El Primero, en 1896, y ‘Papa’, como le decían por cariño, en 1899. Cada uno saboreó y ejerció el periodismo, y juntos terminaron conduciendo ambulancias en la Primera Guerra Mundial, quizás con la soterrada intensión de capturar historias y experimentar la tenebrosa incertidumbre de la guerra. Iniciaron su producción literaria casi al mismo tiempo y desarrollaron una especie de logia intelectual, en defensa de ideales.
Hemingway, como periodista, escribió más de 200 artículos políticos, haciendo notar su repulsión por el autoritarismo.
Sus contradicciones para algunos biógrafos radican en que siendo un amante de la libertad y la iniciativa privada, también tuvo simpatías exageradas por la revolución Bolchevique. Pero su participación activa se centró al rechazar el Fascismo, denominándolo un causante de esterilidad mental y una ideología de matones.
Dos Passos simpatizó con el socialismo, hizo parte del comité estadounidense en defensa de Trotsky y escribió sin reatos para medios comunistas norteamericanos.
En 1937 partió con su alma gemela a España, y fue allí donde la amistad se rompió por diferencias ideológicas insalvables asociadas con algunas prácticas en las fuerzas republicanas. Con los años, Dos Passos hizo una transición sin vergüenza al conservatismo libertario cuestionando cualquier sistema que atentará contra las libertades individuales, el libre mercado y el emprendimiento. Hemingway, por su parte, defendió la revolución cubana, viendo en ella la mejor alternativa a la dictadura de Batista, al tiempo que respaldó la agenda política de Kennedy.
Antes de morir, Dos Passos, en 1970, dijo que Hemingway era un amante de la libertad y su verdadera ideología, más que de izquierda o derecha, fue siempre la defensa del individuo contra la imposición autoritaria del Estado. Por eso, quienes hoy escudriñan en la obra de Hemingway encuentran como protagonista la eterna lucha del hombre por la felicidad.
En las vidas paralelas de estos hombres se aprecia la evolución política de los grandes intelectuales norteamericanos del siglo XX.
Dos Passos, después de 1961, luchó contra toda forma de totalitarismo. Hemingway, por su parte, partió sin ver el desastre de su amado pueblo cubano sometido por la fuerza a una ideología.