Durante la última década, la Casa Blanca ha expresado que entre su estrategia de seguridad nacional está reducir la dependencia en el petróleo extranjero y, principalmente, proveniente del Medio Oriente.
Desde el 2006, cuando EE. UU. alcanzó el mayor volumen histórico de importaciones de crudo, una estrategia ambiciosa fue puesta en marcha y sus resultados tendrán implicaciones que trascenderán los mercados energéticos mundiales.
En los últimos siete años –como lo demuestran los datos de la Agencia Internacional de Energía de EE. UU.–, ha reducido las importaciones de petróleo en 40%. Los factores que han detonado este fenómeno son un crecimiento de la producción doméstica de combustibles y una reducción de la demanda. El hecho es tan notorio que algunos analistas especializados en el sector consideran que en menos de 20 años el país alcanzará la autosuficiencia.
¿A qué se debe la caída en la demanda? Hay quienes atribuyen esto a los efectos de la crisis económica iniciada en el 2008, cuyos coletazos se siguen sintiendo. Si bien la situación económica ha tenido efectos directos, la verdadera causa está sustentada en una agenda muy rigurosa de eficiencia energética y diversificación de fuentes.
El uso del gas natural para generación de energía y su aplicación industrial han sido definitivas, al igual que la reducción de la demanda del sector transportador, gracias a vehículos más eficientes y menor cantidad de kilómetros transitados.
En el caso de la producción, EE. UU. la ha aumentado en casi 1,6 millones de barriles diarios en los últimos cinco años, aproximándose a los 8 millones de barriles por día. ¿Cuáles serán las implicaciones geopolíticas de esta revolución silenciosa? ¿Qué tanto cambiará la agenda estadounidense frente al Medio Oriente?
La realidad nos indica que EE. UU. está dejando de importar petróleo, en especial de Medio Oriente. Esto significa que China, India, algunos países europeos y otras economías emergentes en Asia, que se estarán nutriendo de ese mercado, tendrán que estar más activos en ayudar a mantener el orden geopolítico del golfo Pérsico.
No obstante, a pesar de los resultados, EE. UU. sigue siendo el principal importador de petróleo del mundo por encima de China, lo cual implica que las rutas de suministro y los factores que puedan afectar el sistema global de precios son asuntos de seguridad nacional, que mantendrán la atención de Washington en la regiones de mayor producción.
Del mismo modo, vale la pena agregar que hoy más del 50% de las importaciones de petróleo realizadas por EE. UU. proviene del continente americano, siendo Canadá y Venezuela los que abastecen el 40% de ese apetito, por lo que fortalecer la integración panamericana es prioritaria. El trabajo hecho por EE. UU. para disminuir su dependencia energética será una prueba para la seguridad internacional en un mundo multipolar.