En la última película de Woody Allen denominada Media noche en París, el protagonista de la historia, Gil Pender, encuentra una magia existencial en la ciudad luz, que cambia el curso de su vida.
En medio de una relación sentimental sin futuro, Pender, angustiado por explorar su talento como escritor de ficción, decide deambular por las calles durante la noche, hasta que sin proponérselo termina interactuando con sus ídolos intelectuales.
De la nada surgen como amigos inseparables y compinches de aventuras bohemias Cole Porter, Hemingway, Scott Fitzgerald, Picasso y otros más. Se trata de un encuentro surrealista con el pasado, pero al fin y al cabo con el embrujo de una ciudad que es al mismo tiempo un museo y un limbo espiritual para tantas figuras del arte, la música, la literatura, el cine y la filosofía.
Esa historia mágica de Woody Allen tiene también raíces en la realidad.
El reconocido historiador David McCullough, ganador del Premio Pulitzer, ha publicado un libro deslumbrante por su rigor histórico y al mismo tiempo por lograr, con una prosa magistral, contar la influencia parisina en hombres y mujeres que han transformado la historia norteamericana.
En La gran jornada: americanos en París, McCullough logra retratar cómo entre 1830 y 1900 surgió un movimiento de ciudadanos que capturaron ideas y sensaciones en su paso por la capital francesa, produciendo cambios estructurales en la literatura, la ciencia y el arte de Estados Unidos.
La vida de Elizabeth Blackwell, la primera médica norteamericana, o la experiencia educativa de Charles Sumner, quien luego de estudiar en la Sorbona, regresó a su país para dar la vida en defensa de la abolición de la esclavitud, son un preámbulo maravilloso.
La evolución artística de James Fenimore Cooper, o Samuel Morse, quien fuera de lograr su consagración artística, construyó la idea del telégrafo, engrandecen la obra.
La historia transcurre con pintores de la talla de George P. A. Healy, uno de los retratistas más reconocidos, o en la formación de Oliver Wendell Holmes. Así pasan por las páginas, Mark Twain, Ralph Waldo Emerson y muchos más, simbolizando una generación que se impregnó de ideas en una ciudad con vida propia.
Ante esa experiencia, vale la pena preguntarse ¿cuánto le debe Latinoamérica a París? La respuesta es mucho. Allí fue donde el boom explotó. Vargas Llosa, García Márquez. Ribeyro y Cortázar crecieron intelectualmente en sus calles, tertulias, labores cotidianas e inspiraciones nocturnas. Pintores como Ro- berto Matta, Emilio Petoruti, Diego Rivera o Fernando Botero, definieron muchos de sus caminos, observando, soñando, debatiendo, analizando los vientos artísticos que soplan por boca-calles irrepetibles y museos inigualables. Neruda, Paz, Rubén Darío también llenaron su gloria con lecciones de esta leyenda urbana.
Allen y McCullough han presentado una visión genial de París, cuya historia no se extingue y a la cual los latinoamericanos deberíamos esculcar rigurosamente para saber su influencia en nuestra historia. No en vano fue allí donde el Libertador quiso pasar sus últimos días.
Iván Duque Márquez
Analista