Mientras la crisis financiera, económica y laboral europea se agudiza en países como España, Grecia y Portugal, e igualmente se hace sentir con fuerza en Italia, Francia y el Reino Unido, miles de jóvenes acuden a las calles a expresar su disgusto reclamando una rebelión contra el statu quo.
La indignación contra los políticos, el sector privado, la banca, los medios y todo aquello que representa el centro del poder se está convirtiendo en un fenómeno generalizado cuya duración, fuerza e impacto son todavía impredecibles.
Detrás de este movimiento, y tal vez como una fuente de inspiración, sale a relucir el nombre de Stéphane Hessel, un anciano de noventa y tres años que en menos de doce meses ha vendido más de tres millones de copias de su libro Tiempo de indignación.
Lo sorprendente es que con escasas treinta páginas, el texto de Hessel ha caído en las manos de más de seiscientos mil españoles, setecientos mil franceses y cerca de doscientos mil italianos, convirtiéndose en una especie de detonante de rabia para expresar la inconformidad con la realidad.
La pequeña obra, que cabe con facilidad en el bolsillo trasero de un jean, es escasa en análisis y propuestas, pero al fin y al cabo efectiva.
Entre la ideas que se expresan en Tiempo de indignación se encuentra la crítica a la banca privada y su deseo por obtener rentabilidad, el rechazo a los conglomerados privados de medios de comunicación, el reclamo por un trato justo a los inmigrantes en Europa, el llamado a resolver la situación social de los territorios palestinos y el levantamiento contra la sociedad de consumo.
Dentro de su breve y anémica disertación existen puntos acertados, pero se comete el grave error de orientar a la juventud hacia la protesta y no hacia la acción política.
Hessel tiene razón en que la juventud debe luchar por la libertad, como se ha visto en el Medio Oriente y como se debería presentar en algunos países de la región amordazados por la dictadura y la dictocracia. También acierta en llamar por la defensa de los derechos humanos.
Pero el error de fondo está en fomentar antagonismo entre la juventud y el sector privado, en pedir su rebelión estruendosa sin propuestas concretas para enfrentar los problemas sociales acorde con las realidades económicas globales, en hacer de la indignación su motor de acción y no buscar su vinculación dinámica al debate de las ideas.
El pecado de este autor con motivaciones nobles, pero anacrónicas, es seguir viendo a los jóvenes con el poder de la masa enardecida que atemoriza con su vigorosa voz.
Más que jóvenes comprometidos con la ardentía del reclamo, Europa necesita su acción constructiva para encontrar salidas.
Esto sólo se logra con la participación política, con el respeto al sector privado emprendedor y con el difícil entendimiento del sacrificio. Así lo logró Franklin Delano Roosevelt con la juventud norteamericana en la Gran Depresión, a quien curiosamente Hessel considera su héroe.