Hace pocos días el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, convocó a una rueda de prensa para anunciar su Iniciativa de Promoción de Exportaciones. En un documento de 68 páginas, la Casa Blanca fue enfática en señalar que la meta de la administración para el 2015 es duplicar las exportaciones con el objetivo de generar empleo y facilitar la salida de la crisis con dinamismo, contrario a la preocupante y lánguida recuperación vista en el último año.
Conforme al documento, "en épocas donde los estadounidenses están ahorrando más y consumiendo menos, las exportaciones contribuirán a crear puestos de trabajo para reducir el desempleo y asegurar un resurgir económico duradero". Esta lógica está sustentada en que el 95 por ciento de los consumidores del mundo se encuentran por fuera de las fronteras de la principal economía y atender ese creciente mercado es vital para disparar el crecimiento ante la inconveniencia de volver a una bonanza jalonada por consumo y endeudamiento excesivo.
Considerando, que en el 2008, las exportaciones respaldaron casi 10 millones de empleos y cerca del 13% del PIB, el objetivo de Obama es alcanzar, por esta vía, lo que hasta ahora no ha logrado con su pantagruélico programa de estímulo. La estrategia se basa en 5 pilares: sensibilización y promoción comercial; financiamiento de exportaciones; eliminación de barreras comerciales; aplicación rigurosa de normatividad comercial, y promoción de crecimiento sostenible.
En el papel, los propósitos expuestos por Obama son los correctos, pero vale la pena entender el contexto político y sus implicaciones globales. Hasta el momento, la administración demócrata se ha mostrado abiertamente calculadora frente a no exacerbar su electorado y perder el apoyo de los sindicatos jugándosela por la aprobación de TLC. Esta actitud dubitativa, que ha afectado a Corea del Sur, Panamá y Colombia, aliados naturales de EE. UU., se sustenta en que, según encuestas, el 52% de los norteamericanos considera que los tratados han sido causantes de pérdidas de empleo, lo que en época de elecciones ahuyenta el ímpetu de darse la pela en el parlamento.
Otro aspecto importante derivado de la estrategia tiene que ver con el comportamiento del dólar. Para alcanzar una recuperación a base de exportaciones con metas tan ambiciosas, no cabe duda de que le conviene a EE . UU. contar con un dólar barato.
Adicionalmente, con un desempleo alto y crecientes presiones políticas para evitar una mayor expansión del déficit fiscal, la Reserva Federal continuará reduciendo las tasas de interés de largo plazo, lo que depreciará el dólar aún más.
La estrategia está cimentada en que las economías en desarrollo están aumentando su capacidad para demandar bienes norteamericanos. Sin embargo, estas últimas desean evitar revaluaciones excesivas y prefieren mantener superávit de cuenta corriente.
De esta coyuntura surgirá una mayor acumulación de reservas internacionales en los países en desarrollo y, probablemente, una diversificación de sus monedas de reserva, sin siquiera mencionar el surgimiento de guerras monetarias para mantener la competitividad exportadora, como podría seguir ocurriendo con China.
Si Obama logra cumplir sus propósitos persuadiendo al Congreso de su iniciativa, vendrán ratificaciones y nuevos tratados, acompañados de una etapa prolongada de dólar barato. En definitiva, para los países altamente dependientes del comercio con EE. UU. no habrá felicidad completa.