Mientras los precios de los alimentos aumentan aceleradamente, son muchos los gobiernos que han revivido la vieja y peligrosa táctica del control de precios. Esta figura propia del intervensionismo de Estado es una bomba de tiempo.
Como lo informó el World Economic Forum, en China el Gobierno instó a los productores de cerdo, huevos y otros alimentos a que antes de aumentar precios soliciten una autorización estatal. Por supuesto esta solicitud es una forma muy elegante de decir que el Estado será quien tenga la última palabra y no el mercado.
Es paradójico que aún en países pro-mercado como Tailandia se están tomando medidas similares al imponer controles a ciertos productos de la dieta nacional. En países como México, por ejemplo, los distintos partidos políticos han buscado fórmulas para congelar el precio de las tortillas, y en Malasia se ha creado un Consejo Nacional de Control de precios, como lo indicó en días pasados el Wall Street Journal.
¿Qué ha desatado esta reacción? La respuesta está en que el aumento en los precios de los alimentos debido al precio del petróleo, el incremento de la demanda mundial y en el desplazamiento de ciertos cultivos hacia la producción de biocombustibles, está afectando las metas nacionales de inflación. De acuerdo a la FAO la inflación en el precio de los alimentos está llegando a niveles que superan el 10 por ciento en muchas economías emergentes.
Lo grave del control de precios como medida anti-inflacionaria es que en el mediano y largo plazo no sirve, pues tarde que temprano los productos se acomodan a su mercado real y al liberar su precio generan más inflación. Esto le ocurrió a los Estados Unidos en los años setenta cuando quiso emplear este sistema. De otro lado, el control de precios crea desestímulo en los empresarios ya que no están dispuestos a vender al precio establecido por el Estado y por lo tanto, disminuyen su producción, generando escasez y más inflación, como está ocurriendo en Venezuela.
En el caso de Latinoamérica, varios países tuvieron que revisar su meta de inflación durante el año 2007, y para el 2008 se espera que las expectativas de inflación aumenten entre otros, en países como en Brasil, Chile, Guatemala, y en Perú. Esta situación está asociada de alguna manera a los precios de los alimentos.
Abordar la situación con controles de precios es un error. Enfrentar las presiones inflacionarias implicará medidas fiscales y monetarias. En los países donde el déficit del Gobierno Central es elevado se debe reducir el gasto. Los Bancos Centrales deberán mantener la credibilidad de la política monetaria, defendiendo las metas de inflación y controlando el desbordado incremento en el crédito de consumo, que se aprecia en varios países. No es una solución fácil, pues con una diferencia pronunciada entre las tasas de interés de los Estados Unidos y las de algunos países latinoamericanos habrá mayor revaluación con serias implicaciones para los exportadores.
Algunos analistas señalan que una recesión fuerte en los Estados Unidos puede conducir a que los precios globales de los alimentos se estabilicen o se reduzcan. Otros señalan que dada la demanda mundial, las condiciones climáticas y el precio de los combustibles, los precios de los alimentos no cambiarán mucho, con o sin recesión en los E.U.
Partiendo de la situación actual los controles de precios no son la solución, como tampoco lo es aflojar en la política monetaria. En América Latina nos tocará apretar el cinturón del gasto público y mantener creíble la política monetaria, para no volver a inflaciones de dos dígitos en las que los pobres llevan la peor parte.