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Ciudades: entre valores de uso y cambio

En 1950 existían solo dos megaciudades: Tokio y Nueva York. Eran llamadas así porque tenían más de diez millones de habitantes.

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En 1950 existían solo dos megaciudades: Tokio y Nueva York. Eran llamadas así porque tenían más de diez millones de habitantes. Para la misma fecha, había 77 urbes millonarias habitadas por más de un millón de personas. Con el paso del tiempo, ambos tipos de metrópolis fueron creciendo y hoy la Cepal estima que existen 29 megaciudades y 501 ciudades millonarias. Sin embargo, lo preocupante es que el fenómeno seguirá su tendencia creciente y se calcula que en de los próximos quince años habrá 41 megaciudades, mientras que las capitales millonarias podrían llegar a 661 en todo el mundo.
Lo que estos datos comprueban es el aumento y concentración de población en zonas urbanas, de allí que se haya creado un espacio atractivo para el crecimiento inmobiliario: la oferta de vivienda ha crecido, así como sus costos en determinadas zonas, creándose, incluso, burbujas de precios y cuantiosas valorizaciones. Pero la mayor presión poblacional ha traído consigo más demandas de bienes y servicios, que sumado a la idea de Estado austero, ha llevado a valorar cada metro de espacio en función de dichas necesidades con apremio hacia bienes privados.
La idea de que la fuerza de trabajo no debe escapar de ir al mercado a razón de un precio –salario–, susceptible luego de ser intercambiado por bienes en otro mercado, potencia la creencia de que todo es apto de ser vendido y, así, cada metro de espacio termina destinado a usos en función de compras y ventas, más pensados en términos privados que colectivos, es decir, se ponderará bajo el valor de cambio. Pero si la idea fuese el disfrute de la ciudad y más posibilidades de acceso a bienes públicos, las decisiones pudieran ser otras.
Lefenvre, en su libro El derecho a la ciudad, plantea que el triunfo de la urbe griega deja en el imaginario la idea de que la ciudad lo ordena todo, pero las crisis económicas, climáticas y de movilidad que padecen, sugieren lo contrario. Esto obedece justamente al choque que sufren cuando se intenta ‘ordenar’ la metrópoli según valores de cambio, pero se planea y se promete una ciudad desde valores de uso. Estas ideas, con los parámetros que establece el sistema de consumo mundial, parece ser irreconciliables.
Hace dos décadas, el innegable conflicto armado produjo un éxodo del campo a la ciudad, y hoy el mismo conflicto interno que retorna se suma al éxodo de venezolanos, poniendo en evidencia la presión poblacional descrita; la cual se enfrenta a precios altos de vivienda y a la falta de oportunidades laborales. Así hemos visto crecer las periferias con dificultades de acceso a servicios públicos y las personas sin protección social, afectándose su calidad de vida, generando pobreza, desigualdad y más informalidad. Por eso la importancia de comprender que la oferta de bienes y servicios siempre por la vía del mercado, pone en riesgo a quienes no pueden pagar, con lo cual presiona la búsqueda de sustitutos, ya sea en los mercados formales, informales o ilegales; creando mayores conflictos en el supuesto orden que encarnan las ciudades.
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