Al conmemorarse el bicentenario independentista resulta oportuno intentar -por adelantado- una versión aproximada sobre lo acontecido el 20 de julio, llevado de la mano de dos historiógrafos eminentes: Indalecio Liévano Aguirre y Abelardo Forero Benavides. Dilucidar, por ejemplo, si los compromisos adquiridos por las partes implicaron o no una Declaración de Independencia, o, por el contrario, fue una alianza de responsabilidad y beneficios compartidos entre el Virrey y los líderes del establecimiento criollo. Es decir, una especie de convenio a espaldas del pueblo raso, para asegurar, al menos por un tiempo, la permanencia de Amar en el Gobierno, y el ingreso del notablato a la Junta Suprema. La lista de nuestros héroes y su trascendencia individual sufre cambios sustanciales ante la lúcida interpretación de Liévano. Nuestra historia patria, también. Una revelación que impone a los investigadores una revisión conceptual a fondo de ese cuarto de hora que reposiciona, entre otros, a José Acevedo y Gómez, y entroniza, como héroe, al líder de las barriadas José María Carbonell: tratado displicentemente, como figura de segunda, en el recuento y análisis tradicionales sobre lo que ocurrió, por qué sucedió y cuáles fueron las reales consecuencias de ese glorioso día.
Sostiene Liévano que a la élite criolla no le importaba la Independencia, sino compartir el poder con las autoridades coloniales y dejar a salvo los intereses de la metrópoli. Con su acostumbrada dialéctica resalta a Carbonell como el verdadero obstáculo para sus proyectos y explica su exclusión de las deliberaciones del Cabildo, en la noche del 20 de julio. De ahí, que no se le nombrara como miembro en la Junta de Gobierno, pasando por alto que a él se debía el éxito de aquella histórica jornada. Y que esa misma junta, dominada por Camilo Torres y José Miguel Pey, lo condenara, días después, a la pena de cárcel y que su posterior arresto fuera ordenado por el hijo del Oidor, que lustros atrás había firmado la infame sentencia de muerte de Galán.
Nada tiene de extraño, agrega Liévano, que la figura histórica de José María Carbonell sea hoy poco conocida, y que apenas un busto enmohecido recuerde su memoria, cuando él merecía mucho más que los retóricos y próceres acartonados a quien se le ha otorgado la inmortalidad con tanta largueza, hasta convertirlos en símbolos de una historia sembrada de verdades a medias. Por el contrario, desde diferente perspectiva, Forero Benavides se pregunta: ¿hubieran podido pasar las cosas de otra manera...? ¿Podría haberse proclamado la República el 20 de julio? ¿Se puede acusar a los protagonistas de la fecha, como débiles, tímidos, regentistas, fernandistas, porque no rompieron todas las amarras de un sólo tajo...?
En su formidable prosa se responde afirmando que los resultados de la historia no se obtienen como lo imaginan quienes la analizan desde esas conclusiones, sin remontar a sus causas. Porque todos esos hilos y cables invisibles de la historia producen corto circuito y "en nuestro caso la chispa se encendió en el cristal gastado de un florero".
Forero sostiene que el insigne mérito de Acevedo y Gómez fue darle a la subversión y al motín una consecuencia política. Sus argumentos los remata con aquella cita célebre, según la cual el Duque de Liancourt le dijo a Luis XVI, el 15 de julio, "esto no es un motín, es una revolución".
Conclusión: este es un debate útil para el esclarecimiento de una historia hecha a retazos, sesgada, con muy limitado rigor investigativo.