En una conferencia pronunciada en México el 6 de agosto de 1986, titulada ‘El cataclismo de Damocles’, Gabriel García Márquez describió en términos sobrecogedores el último minuto de la especie humana en caso de producirse una conflagración atómica.
Luego de la explosión postrera afirmó textualmente: “la creación habrá terminado con el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”.
En efecto, esto era lo que esperaba a la humanidad –antes del 11 de septiembre– si hubiesen entrado en acción algunas de las 50.000 ojivas nucleares emplazadas sobre el planeta.
Ahora, la ‘guerra terrorista’ a través del ‘bioterrorismo’ ha vuelto trizas las ecuaciones tradicionales de las ‘confrontaciones bélicas convencionales’. Occidente ha sido sorprendido fuera de base. Se invirtieron los términos y de qué modo.
La ‘guerra de las galaxias’ se ha visto suplantada por una amenaza feroz, barata y fácilmente manipulable: las armas químicas. Unas ampolletas con bacterias letales ponen en jaque a una civilización que se suponía invulnerable y que apuntaba ad infinitum. Estamos frente a una ‘guerra psicológica’ casi inmanejable.
El terror cunde y la opinión anda al garete. Los medios de comunicación tratan de autorregularse, pero lo cierto es que una especie de ‘síndrome de ántrax’ ha sembrado miedo a todos los niveles con sus inevitables consecuencias geopolíticas y económicas. Ganar esta guerra -prolongada, sangrienta y costosa- impone prudencia. En vez de tierra arrasada hay que entenderla como un complicado juego de ajedrez donde el ‘jaque pastor’ no es viable.
La ‘guerra bacteriológica’ ha sido un peligro consentido por las grandes potencias, incluyendo la antigua Unión Soviética. Olvidaron el sabio refrán que nos enseña: ‘cría cuervos, ...”.
Con el inmediatismo de siempre, ciertas razones coyunturales pudieron más que una serie de valores menos ‘consumistas’: eso que Brzezinski, el anticipado asesor de Carter, llamara a su debido tiempo “el indulgente cuerno de la abundancia”. Ciertamente la utilización de agentes patógenos en la guerra se ha condenado desde la antigüedad.
No hay, por eso, explicación alguna para que los temidos organismos de inteligencia no hubieran previsto la ‘guerra terrorista’ y sus mortíferas variantes químicas. Frente al conflicto múltiple que ensangrienta a Colombia, no sobra recordar algunas de las reflexiones que fueran debatidas después de la ‘toma’ sin armas del zócalo mejicano de parte del subcomandante Marcos, en su intento de partir en un ‘antes’ y un ‘después’, la ideología y la metodología de lo que se ha entendido como conflicto armado y su invitación a rebasar la vieja ecuación mediante la cual nuestra guerra se limita a ser una confrontación entre un ejército regular (extraído en un 80% del campesinado y de los extractos urbanos 1 y 2) y una subversión conformada por guerrilleros, ‘paras’ y delincuencia comercializada. Es decir, una fórmula, según la cual ‘todo cambie, cambiando’.
Adenda : sería mezquino ignorar la creciente multiplicación en su audiencia obtenida por el programa Hora 20 , que dirigen, en Caracol, Néstor Morales y su excelente equipo de panelistas.
Jorge Mario Eastman
Ex ministro delegatario y ex embajador en E.U.
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