En este aniversario en el que se celebra el final de la Segunda Guerra Mundial, resulta oportuno llamar la atención sobre uno de los encuentros más significativos e impresionantes del siglo XX.
Se trata de la visita que el emperador Hirohito le hiciera al general MacArthurel (26-09-45), en la sede de la Embajada de Estados Unidos.
Sin duda, el más simbólico entre los episodios variopintos –unos heroicos, otros monstruosos– que caracterizaron al más sangriento de los conflictos en la historia de la humanidad.
Una entrevista en la cual, ante la realidad impuesta por las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki, el Emperador –de una cultura milenaria y supuesto enviado de la diosa Amaterasu– aceptó la rendición ordenada por las potencias victoriosas en su Declaración de Potsdam.
Ya el 2 de septiembre a bordo del buque de guerra estadounidense Missouri, el jefe de la delegación designada al efecto, Shigemitsur, había firmado el documento de capitulación.
Sólo faltaba que el mismo Hirohito en persona ratificara, con su propia firma y con su sello, el Edicto Imperial del 5 de agosto.
En sus Reminiscencias, MacArthur recuerda cuando, “vestido con uniforme caqui y atuendos de soldado, recibió a Hirohito quien lucía chaqueta, pantalones rayados y sombrero de copa, acompañado de su lord chambelán”.
Y agrega que desde el principio de la ocupación había dispuesto tratarlo con “el honor debido a un soberano”. Esta determinación prueba que el General actúo con grandeza al evitar los excesos propios de todo conquistador.
MacArthur era consciente de que la victoria total le daba luz verde para humillar a la ‘divinidad’ del Emperador pero, también, sabía que el mundo estaba pendiente de su conducta y de los efectos de su comportamiento.
Con su actitud se reveló, por fortuna, como un gran estratega, con visión de futuro, sin revanchismo, convencido que estaba frente a un choque de culturas que no se resolvería a través de la fuerza, sino del acoplamiento.
Pero el gran interrogante que rondaba en la cabeza del General era: ¿el Emperador derrotado que estaba al frente suyo debía ser tratado o no como un criminal de guerra?
Fuertes corrientes de opinión en Rusia y Gran Bretaña se inclinaban por la afirmativa. Por eso, MacArthur, ya en sus oficinas privadas y con la sola presencia de un intérprete, esperó que la iniciativa del diálogo corriera a cuenta del visitante.
Contra lo previsto Hirohito comenzó por afirmarle que “él era el único responsable de toda decisión política y militar tomada por mi pueblo durante el curso de la guerra”, haciendo a un lado lo que había sido ante el militarismo: un Emperador pelele.
Esta declaración por poco toma fuera de base al General.
Tanto, que más tarde escribiría que al escuchar esta frase se convenció de que Hirohito “era un Emperador por inherente nacimiento y que tenía ante sí al Primer Caballero del Japón por derecho propio”. Afortunadamente, Washington oyó a MacArthur y desatendió el fundamentalismo con que estaban reaccionando algunos sectores revanchistas dentro de la opinión pública occidental. Su llamado posterior ‘a calificar servicios’.