Por eso, cada aniversario de su magnicidio impone recordarlo acudiendo a su infinito filón como pensador, caudillo y máximo referente del conflicto múltiple que padecemos hace más de medio siglo. Más ahora, cuando tanto politólogo de pacotilla está reduciendo su discurso a la ‘cuestión social’, abusando de las matrículas en boga de izquierda, derecha, centro y social democracia. Sobre su perfil hemos escrito que estaba hecho, física y moralmente, a imagen de su pueblo mestizo.
Su figura lo tipificaba con su cuerpo de talla mediana, macizo y elástico. Su cara morena y tallada, rotunda en sus líneas como tajo de sílex: rostro de cacique precolombino. Su ademán era portador de aquella fuerza interior que se comunicaba espontáneamente con los más recónditos reclamos de los desheredados. Irradió siempre la potencia del carisma, y este hechizo bastaba para movilizar al lumpen conjuntamente con el proletariado auténtico hasta convertirlo en una especie de Prometeo de los humildes. Supo fundir la materia de los desplazados en los crisoles de la pasión revolucionaria.
Y los purificaba, extrayendo de aquella masa amorfa, disponible para cualquier aventura, sus combatientes más disciplinados. Así cohesionó sus huestes de descamisados, años antes de que el ‘peronismo’ convocara a los suyos llamándolos por el nombre de su resentimiento. Gradualmente fue allanando con su elocuencia las reservas ancestrales del alma popular.
Esta se abría a su verbo como jamás lo hiciera con nadie y, tal vez, como ni siquiera ese pueblo, ante sí mismo, supo que fuera posible que ocurriera. Era una ‘entrega’ hasta el límite de la voluntad individual, y esto quedó demostrado en dos fechas memorables : el 7 de febrero de 1948, en la “Marcha del silencio”, cuando cerca de 200 mil personas le prometieron al jefe un silencio multitudinario, casi imposible, por varias horas; y el 9 de abril del mismo año, cuando el dolor y la ira los despeñó por millares en la muerte, gritando el nombre que les fue tan sagrado, entre borbollones de sangre, y a contravía del más rudimentario instinto de conservación.
Se erigió en el médium de la conciencia colectiva en el momento en que esta despertaba, por vez primera, en nuestra historia. Antonio García, riguroso analista del dirigente y su legado, afirma: “lo que hacía Gaitán era revelar, proyectar sobre la historia, sacar a flote los grandes resentimientos sociales de un pueblo oprimido… El 9 de abril no fue una revolución social, como muchos neciamente lo afirman, fue el sismo de un pueblo conmovido por el asesinato de su propia voz, de su imagen, de su anhelo justiciero, de su médium”.
Sus ideas, repasadas hoy en sus oraciones tribunicias, no siempre resaltan por su diafanidad. Con frecuencia parecen vagas y aun contradictorias. Según lo apunta Gerardo Molina, si André Maurois escribió que el cerebro de Voltaire “era un caos de ideas claras”, de la oratoria de Gaitán cabría decir que ‘era un resplandor de ideas oscuras’.