In memoriam de Nieto Arteta
Sus escritos son elocuente testimonio de la gran dimensión de su trabajo intelectual durante sus 20

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En el tiempo que le correspondió actuar fue el más eminente precursor de la historiografía nacional. Ciertamente, a partir de su obra "Economía y Cultura en la Historia de Colombia", se inicia una etapa de análisis e interpretación menos ortodoxa y confesional.
La mayoría de los historiadores colombianos concentraban su quehacer en la descripción de los hechos supuesta o realmente heroicos de sus personajes favoritos, en la enumeración de fechas notables y en el enunciado de quisicosas de relativa cuantía, rehuyendo la investigación de la situación propia de cada coyuntura. Una "historia" localista y novelada, asfixiada por toda clase de preconceptos, inyectada a través de "textos oficiales" a la escolaridad inerme, generación tras generación. Dicho de otro modo, una especie de destape de nuestras realidades sociales, políticas y económicas. Por esta razón en las más serias facultades de Ciencia Política su obra es punto de referencia obligado.
Afortunadamente, después de esta "patria boba" irrumpió, ojala para siempre, la enseñanza de una historia diferente en la nada fácil tarea de desentrañar nuestra verdad verdadera, con los importantes aportes de Ospina Vásquez, Liévano, Molina, Antonio García Nossa, López Michelsen, Orlando Fals. Y, hoy en día, con la magistratura de Jaime Jaramillo Uribe, entre otros, Agudelo Villa, Laserna, Tirado Mejía, Morales Benítez, Santa, Melo, Garay, Humberto de la Calle, M J Cepeda, Gutiérrez Sanin, Molano, Dangon Uribe, Pardo Rueda, Ayala Diago, Medófilo Medina, L E Valencia, Santos, Eduardo Pizarro, C J Reyes, Alfredo Rangel, William Ramírez, Posada Carbó, León Valencia, Carlos y J O Gaviria, Rubén y Ricardo Sánchez, William Ramírez.
Lo más difundido de su pensamiento, a nivel universitario, se debe principalmente a su brillante opúsculo: "El café en la sociedad colombiana": que, por cierto, habría bastado para clasificarlo como un sabio cultor de la ciencia económica y de la sociología. Su inteligencia abarcó, también, y tal vez con más amplio espectro, los campos de la filosofía y de la ciencia jurídica.
Sus escritos son elocuente testimonio de la gran dimensión de su trabajo intelectual durante sus escasos veinte años de vida académica. Sus primeros trabajos se alimentaron del marxismo como método de investigación social, del cual se nutrió en los años de estudiante universitario al calor de las discusiones teóricas y de las luchas estudiantiles que en la década de 1930 se encontraban en plena ebullición.
Su muerte fue trágica y temprana, en un momento de madurez creativa y plena lucidez intelectual. Con su ausencia se sintió disminuida la investigación historiográfica de Colombia y la magistratura acusó un vacío difícil de llenar. No alcanzó a atisbar lo que el mundo viviría después de la caída del muro de Berlín. Murió en su ley, como un marxista convencido. Al respecto sostenía que "el marxismo me ha enseñado a ser realista, a buscar lo que existe, no lo que según nosotros debe existir".
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