‘El Tiempo’ y su mentor
Ser ‘grande’ para Santos significó igualarse, a cualquier congénere, por humilde que fuese.

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En el prólogo recordamos cuando en el patíbulo del Socorro una ráfaga de fusilería derrumbó la cabeza altanera de Antonia Santos. No muy lejos del pelotón de ejecución, dentro de un corrillo de criollos subversivos, José María, hermano de la heroína, ese día de 1819, juró proseguir la lucha libertaria, aunque sin saber cuándo y de qué modo. Y fue a través de su apellido – exactamente con un nieto suyo, hijo de Francisco, uno de sus vástagos–, cuando muchos años después esta promesa rabiosa logró materializarse con éxito. Porque eso significaría para la historia su ilustre descendiente, Eduardo Santos: un hombre “hecho de libertad”, tal como lo definiera, en memorable editorial, a manera de epitafio, Roberto García-Peña.
El mandato presidencial de Santos (1938-1942) –“el hombre de la pausa”, como lo nombra Gerardo Molina– fue una tregua encargada de consolidar ‘la revolución en marcha’ de López Pumarejo. Irrumpió políticamente al iniciarse el siglo XX, en dos tiempos: el primero, a través de la lucha juvenil contra el régimen de Reyes en sus azarosas postrimerías; el segundo, mediante el surgimiento exitoso de la Unión Republicana. Modeló más de 50 años de historia colombiana y, por eso, bucear con tino sobre una personalidad que simboliza toda una era, cuyos discípulos aún siguen proyectados y cuya escuela aún tiene vigencia, resulta tarea ardua y muy ambiciosa.
Cuando el 2 de septiembre de 1952 la mano incendiaria de la barbarie criolla redujo a cenizas a El Tiempo –la empresa intelectual, política y financiera de su vida– su serenidad resulta inviolable y sus equilibradas reacciones ejemplarizantes. Antes de que el fuego se extinguiera supo con certidumbre plena que esta vez también todo sería reconstruido.
Ser ‘grande’ para Santos significó igualarse, a cualquier congénere, por humilde que fuese. Einstein, Thomas Mann, Sartre y los demás de su estirpe eran al fin iguales al último judío masacrado en Polonia o al militante más borroso del maquis.
A partir de 1958, una vez restaurado el orden institucional, apenas rompía su silencio a través de alguna carta o una que otra declaración. Siempre muy breves, las deslizaba discretamente, desde su vieja casona de la calle 67, y sólo después de llegar al convencimiento de que resultaban imprescindibles para sus conciudadanos.
Retirado de la vida pública en 1966, no le restará sino la privacidad compacta de la ceguera que lo agobiaba, reduciéndose a repasar dentro de su ‘hábitat’ natural, la biblioteca, aquellas miles de páginas eternas que con mayor devoción había leído. En 1974 se apagó, con una muerte callada y discreta, dentro de su mejor estilo. El suyo, que tanto debía a la estrategia del silencio, desde la remota juventud. Por allá en 1913 –recuérdese–, había escrito:
“El silencio en política es oro, a condición de que sepa romperse a tiempo y de manera viril y clara”.

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