Bajo su mando Rusia ha retornado al escenario de las grandes decisiones, a codearse con las potencias del mundo, a mirar a Occidente como su socio natural, y a declararse parte inalienable de la comunidad internacional y de la economía global.
Desde un principio entendió la política como un juego de ajedrez en el que es aconsejable, en ciertas emergencias, sacrificar peones, alfiles y hasta torres. No dudó en ingresar a la Organización Mundial de Comercio con un concepto realista del mapamundi.
Además, supo y pudo competir con los que él llama, en voz baja, sus pares y, también, remover las estructuras del viejo régimen. Rusia es, ahora, pieza esencial en la geopolítica del Nuevo Orden Internacional, sobre todo después del 11 de septiembre.
Sus relaciones con la hiperpotencia las ha manejado directa o indirectamente con talento y sentido del momento histórico. Por ejemplo, fue notable la sutileza de cada uno de sus movimientos en todo lo relacionado con la declaración de guerra ‘preventiva’ a Irak.
Cuando debió caminar en puntillas, como invitado de segunda, así lo hizo, y cuando tuvo que hablar duro no vaciló en hacerlo. La manera como accedió al poder, su pasado gris y sombrío en la KGB, su rol opaco como vocero de Yeltzin en sus apuros finales, apuntaban a una jefatura de Estado mediocre atada al mismo paquidermismo que había desplomado a Gorbachov: las Fuerzas Armadas, las mafias de neoliberales conversos y de comunistas recién reciclados, y la balcanización de la antigua Unión Soviética.
El paso de los días han comprobado que el zorro y saltarín de Yeltzin no se equivocó en el escogimiento de su delfín. Al inicio de su Gobierno, en 1999, sus silencios indefinidos de espía profesional nada le decían al mundo.
Traspiés como sus aturdidas declaraciones a raíz del naufragio del submarino nuclear fueron interpretados por muchos como mal augurio. Pero, de un momento a otro, apareció como la gran figura capaz de recordarnos, al oído, la importancia geopolítica de su país, su condición de potencia nuclear y el peligro recíproco si se produjera un colapso de la Rusia capitalista. Cada paso suyo parece consultado al computador, fríamente.
La guerra terrorista, por ejemplo, lo volvió indispensable ante el G7, incluso, con más rapidez de la que él mismo había calculado. Le ha servido, también, para que su confrontación brutal con los chechenios goce de toda clase de licencias en lo que hace relación a los Derechos Humanos.
Putin gobierna sólo para ganar. Considera que el curso de la política depende de lo que convengan quienes detentan el poder: el resto es retórica. No es atrevido afirmar que la historia de Rusia, después de Lenin, tiene en Putin y Gorbachov a los personajes contemporáneos más trascendentes.
JORGE MARIO EASTMAN V.
EX MINISTRO DELEGATARIO, EX EMBAJADOR EN EE. UU.
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