La Segunda Guerra Mundial no terminó en la primera semana de mayo de 1945, como acostumbra afirmarse.
Aunque sí es cierto que por esos días el general Jodl, por instrucciones del gran almirante Doenitz –sucesor testamentario de Hitler y último presidente del Tercer Reich– firmara la rendición incondicional ordenada por Eisenhower.
Todavía faltaba el derramamiento de mucha sangre y la presencia de aquellas perversidades que suele cometer el ser humano cuando entra en cualquier clase de guerra, sean cuales fueren sus motivaciones.
El conflicto sólo culminaría en agosto después de que EE. UU., Inglaterra, China y la antigua Unión Soviética enviaran un ultimátum al Gobierno japonés: capitulación o aniquilación.
En estricto sentido, el final de la guerra fue espaciado por cinco hechos definitivos durante 426 eternos días: el desembarco en Normandía de los aliados el 6 de junio; la liberación de París el 25 de agosto de 1944; el 27 de enero de 1945, cuando en Auschwitz los rusos tomaron el mayor campo de concentración y exterminio judío; el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945, y las bombas arrojadas en Hiroshima y Nagazaki.
Ayer se cumplió un aniversario más de aquella fecha dantesca cuando un B-29, con el nombre de Enola Gay, lanzó sobre Japón una bomba atómica, por cierto bautizada, con incalificable ironía, como Litle Boy. Tres días después otra sobre la población de Nagazaki.
El saldo de este par de operativos fue cercano a 200.000 muertos y más de 150.000 heridos. Sus consecuencias genéticas han sido terribles y aún hoy en las calles y hospitales se encuentran ancianos que cargan con sus horrorosas huellas.
Con esta tragedia el logro colosal de la ciencia previsto por el padre de la Teoría de la Relatividad, Albert Einstein, se tradujo, por desgracia, en monstruosa realidad.
Tuvo cumplido efecto el texto de su carta fechada en 1939, en la cual el sabio le había expresado al presidente Roosvelt que “podría ser posible el iniciar (conforme a los trabajos de Loiot y Szilard) una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio… y construir bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas”.
El presidente Harry Truman, ante el fallecimiento de Roosvelt, lanzó una proclama al pueblo japonés el 26 de julio, conocida como la Declaración de Potsdam, mediante la cual exigía su rendición incondicional so pena de sufrir una devastadora destrucción.
Los más fanáticos intentaron un Golpe de Estado a Hirohito, y llevó al suicidio milenario del harakiri a cientos de militares y civiles, incluyendo al ministro de Guerra Anami. Afortunadamente, el Emperador optó por descender de su ‘condición divina’ al permitir que su pueblo oyera su voz, por primera vez, aceptando públicamente que la guerra había terminado. Es decir, que la cuestión sería en adelante con Mc Arthur y no con el vocero de la diosa Amaterazu.