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La tierra prometida

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Hace 15 años nadie hablaba de la altillanura colombiana, una franja de tierra localizada en los departamentos del Meta y Vichada. El paisaje estaba compuesto por sabanas en las que se desarrollaba ganadería extensiva, unas hectáreas de caucho, sembrados de pino, bosques de galería, y eso era todo.
Por esa época, algunos empresarios comenzaron a trabajar en la altillanura buscando negocios. Particularmente, ciertos avicultores de Antioquia y Santander pensaban que podrían producir maíz y soya reemplazando importaciones, animados por los resultados de varios ensayos de investigación y la historia del Cerrado brasileño. Estas empresas y algunos inversionistas particulares, a principios de la década pasada, se metieron a sembrar maíz. Con un grupo de amigos de la universidad fuimos invitados a invertir en uno de esos cultivos, con pocos pesos. ¡El maíz no produjo lo esperado, los costos fueron altísimos y la platica se perdió! Muchos ‘nos quebramos’ en ese proceso de colonización productiva de la tierra prometida. El paquete tecnológico y el conocimiento aplicado no estaban listos todavía.
Colombia importó en el 2013, 1 millón de toneladas de torta de soya y 3,6 millones de toneladas de maíz, que utiliza principalmente la industria de alimentos balanceados. Estas importaciones han ayudado a que la producción de pollo y huevo en el país haya crecido en los últimos años, mejorando el acceso de la población a esta fuente de proteína. Deberíamos sustituir esas compras por producción nacional, y la altillanura puede aportar a ese objetivo.
En enero fue aprobado el Conpes 3797 ‘Política para el desarrollo integral de la Orinoquia: Altillanura- Fase 1’. En sus metas vemos cómo el Gobierno proyecta que se llegue en los próximos 10 años a 780.000 hectáreas de cultivos en esa región, con soya y maíz como grandes participantes, gracias a intervenciones cuantiosas en infraestructura y ciencia y tecnología, principalmente, generando con estas actividades agrícolas 313.000 empleos directos e indirectos y 1’322.000 toneladas de alimentos anualmente.
Entre mi ‘quiebra’ de hace 15 años y hoy, ha pasado mucho. Entidades como Corpoica, Ciat, Embrapa y el Cimmyt han avanzado en desarrollo tecnológico para la zona, el sector privado, a punta de ensayo y error, ha validado y ajustado bastante conocimiento, y algunas empresas de semillas nacionales e internacionales también han ido generando un portafolio que cada vez se adapta mejor a las condiciones agroambientales únicas de la altillanura.
Hoy, se han establecido en la altillanura empresas que han venido desarrollando modelos de producción con resultados cada vez más predecibles, basados principalmente en maíz, soya, arroz, palma y caucho, que superan 80.000 hectáreas, además de pasturas mejoradas que han incrementado la carga animal.
Los mejores empresarios están llegando, en buenas cosechas, a 3 toneladas por hectárea de soya, y a 8 toneladas de maíz, luego de cuantiosas inversiones en enmiendas, maquinaria y almacenamiento. La soya, en ese nivel es rentable, pero puede mejorar su productividad. El maíz, a pesar de la buena producción, no llega aún a su punto de equilibrio. Hay que trabajar fuerte, desde la investigación, para mejorar estos indicadores.
La tierra prometida ofrece oportunidades económicas y sociales para Colombia, que se pueden lograr protegiendo el medio ambiente. Si apoyamos decididamente su desarrollo, en unos años veremos, además de los cultivos actuales, grandes bosques plantados, frutales, algodón, caña de azúcar, café, otros cereales, modelos agropastoriles, entre otros. Tenemos que resolver las dificultades actuales para lograrlo.
Juan Lucas Restrepo
Director de Corpoica
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