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¡Uy, qué soya!

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Los sectores avícola y porcícola nacional han crecido de manera vertiginosa en la última década, mejorando de manera importante el acceso y el consumo de proteína a nuestra población. Este crecimiento ha sido apalancado con importaciones de materias primas como maíz y soya, que, por revaluación de nuestra moneda y la baja productividad nacional de estos cultivos en el país, han salido más baratos traídos que comprados acá.
La fuerte destorcida de la tasa de cambio y el panorama económico mundial comienzan a generar una oportunidad para que el tsunami de las importaciones de materias primas agrícolas pueda revertirse. Es un momento que no se puede desaprovechar. El Ministerio de Agricultura está preparando un paquete de instrumentos para promover y acelerar la sustitución de importaciones, y la soya debe ser uno de sus componentes principales.
La soya captura nitrógeno del ambiente y lo incorpora en el suelo, mejorándolo; rompe los ciclos de plagas y enfermedades al alternarlas con otros cultivos semestrales como el arroz, el maíz o el algodón, y es un cultivo eficiente en producir proteína. Sus granos se utilizan para elaborar aceite, torta para alimentos balanceados, o puede cosecharse como forraje para mejorar la composición nutricional de los suplementos para los bovinos en épocas en que escasean los pastos.
¿Estamos preparados para crecer en soya? Claramente. Los empresarios pioneros en la Altillanura se han empeñado en producirla y tienen logros importantes para mostrar. Producir allá requiere unas inversiones iniciales en enmiendas y construcción de una capa de suelo que soporte la producción, algo que ya se sabe hacer.
En el 2014, Corpoica hizo algunas mediciones en cultivos establecidos en suelos ya adecuados y encontró que los costos de producción por hectárea rondaban los dos millones de pesos y la producción promedio estaba en unas 2,5 toneladas. Con precios de un millón por tonelada se lograba un beneficio neto de quinientos mil pesos por hectárea. Apretado, pero con economías de escala y estrategias como el uso local de la soya para alimentación animal, se obtenían mejores resultados. Pero si con buena genética y manejo se logran no 2,5, sino tres toneladas, con precios de hoy de millón trescientos mil por tonelada -gracias a la devaluación-, y con costos un poco mayores por los insumos importados como fertilizantes y plaguicidas de unos dos millones trescientos mil pesos, el beneficio por hectárea se triplica (o se duplica si no se mejora la productividad). ¡Nada mal!
Afortunadamente, a pesar de los vaticinios negativos sobre las pocas posibilidades de los cultivos transitorios, Corpoica ha venido trabajando en soya y hoy tiene un portafolio de variedades competitivas y otras muy promisorias en la agenda de investigación, que complementan y compiten con las que ha desarrollado el sector privado en los últimos años.
Vamos a jugarle duro a la apuesta de sustitución de importaciones. A mediados del 2016 contaremos, sin subsidios, con unas 190 toneladas de semilla registrada de soya de cinco variedades de Corpoica, que son más que suficientes para que a partir del 2017 los agricultores de la Altillanura, el piedemonte, y los valles interandinos puedan sembrar unas 50 mil hectáreas nuevas que produzcan mínimo 125 mil toneladas, que reemplacen importaciones. Esto, en la medida en que los otros elementos del plan de sustitución de importaciones estén disponibles y sean funcionales. Se buscan agricultores que se le midan al tema.
Juan Lucas Restrepo
Director ejecutivo de Corpoica
@jlucasrestrepo
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