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Peluquería genética

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El juguete nuevo de la ingeniería genética se llama Crispr, una herramienta que se compara con un editor de texto que puede cambiar una letra o un párrafo completo en un documento, pero en los genomas de cualquier especie. Se trata de unas tijeras enzimáticas que pueden editar, con alta precisión, la información en los genes, y por esta vía generar individuos distintos al original.
En mi columna anterior, ‘El humano perfecto’, decía que herramientas como Crispr tienen un gran potencial en salud humana, pero deben ser abordadas y reguladas sopesando sus beneficios frente a sus riesgos y definiendo límites para las distintas aplicaciones potenciales.
En el sector agropecuario el tema es distinto. Llevamos siglos desarrollando nuevas plantas y animales por medio de procesos convencionales de mejoramiento genético que con Crispr tomarían menos tiempo, serían más precisos y menos costosos.
Si por ejemplo, un investigador identifica un gen en una planta silvestre que podría conferirle resistencia a un cultivo agrícola de su misma especie frente a una enfermedad particular, los mejoradores tienen que realizar múltiples cruzamientos y retrocruzamientos entre la planta silvestre y la de uso agrícola para que, luego de mucho tiempo y plata, se logre fijar el gen deseado en el cultivo agrícola. Con Crispr, en cambio, se toma un atajo al editar el gen particular en la variedad agrícola para que quede igual al de la planta silvestre, y listo.
Los cultivos o animales con genes editados son, entonces, alteraciones dentro de una misma especie, que no se pueden distinguir de otros miembros de esa especie mejorados por métodos convencionales. No tienen nada que ver con los cultivos o animales transgénicos, que se desarrollan introduciendo genes de una especie en otra.
Los transgénicos han sido regulados en unos sitios y prohibidos en otros, y han generado efectos como una mayor concentración en industrias (como la de las semillas), a la vez que han distorsionado los mercados agrícolas, casi siempre para el detrimento de aquellos donde no han sido aceptados.
La liberación de cultivos o animales con genes editados no debería regularse de forma distinta a los mejorados por métodos convencionales. Debería ser suficiente si se les exige a quienes investigan y usan las nuevas herramientas genéticas que establezcan protocolos estrictos en sus laboratorios durante las etapas de desarrollo, que demuestren que no hay genes foráneos en las nuevas variedades o animales, que relacionen los genes editados con aquellos que buscan replicar y se encuentran en la naturaleza y las razones para hacerlo, además de exigir calidad y precisión en sus resultados.
Hay miles de científicos trabajando en editar genes que ya cuentan con desarrollos muy prometedores para un mundo que necesita prácticamente duplicar su producción de alimentos hacia el 2050. En plantas se pueden editar especímenes para que toleren mejor plagas y enfermedades, condiciones de temperatura y humedad extremas, salinidad, acidez y otro tipo de condiciones adversas. También se puede ‘echar reversa’ y editar malezas que han desarrollado tolerancia a pesticidas para que nuevamente sean susceptibles, y muchas aplicaciones más. En animales, se pueden desarrollar bovinos sin cachos, con más musculatura y menos grasa, o porcinos resistentes a la fiebre porcina editando genes de cerdos salvajes que son resistentes, entre otros. Esto apenas comienza.
Juan Lucas Restrepo I.
Director Ejecutivo Corpoica
@jlucasrestrepo
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