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A lo hecho, pecho

La imagen del puente de Chirajara, ese enorme saltamontes sin cabeza a merced del viento.

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La imagen del puente de Chirajara, ese enorme saltamontes sin cabeza a merced del viento. Poco después, las del dique de Ituango, colosal y precario, alzado contra las aguas encañonadas del bajo Cauca antioqueño. Entre la una y las otras, jaurías de comunicadores en pos de cabezas de turco sin siquiera haber entendido, mucho menos explicado, qué fue lo que pasó o está pasando.
En medio del ruido, cabe recordar la advertencia inmemorial sobre los castigos con los que dioses y natura corrigen los excesos de la soberbia humana: monstruos y precipicios marinos, cataclismos celestiales, confusiones babélicas. Cabe también recordar que gracias a esa soberbia desmedida se superó la navegación a cabotaje, se cruzó el estrecho de Gibraltar, se aplastó la fuerza de la gravedad y cientos de miles de vidas se le arrebatan todos los días a la muerte a punta de asepsia en partos y anestesia en las cocinas quirúrgicas.
Cabe también subrayar que otra cosa muy distinta es la codicia, ese virus del enriquecimiento fácil (que también ha adolecido desde siempre la especie humana), cuyos síntomas más conspicuos son el gigantismo, la ostentación y el despilfarro narcisista: pirámides egipcias, hipopótamos trashumantes en el río Magdalena, grasosos chequecitos endosados con los que intercambian sentencias por relojes, medias-nueves chatarra en las escuelas de medio país, tajaditas de las 4G, salteadores de Rolex e inanes emisoras engreídas que rifan sucedáneos.
Entonces, Chirajara e Ituango, ¿soberbia o codicia? Crecí convencido de que a pesar de la precaria educación en Colombia, el país formaba, sobre todo en la universidad pública, dos tipos de profesionales por los que siempre puse la mano al fuego: médicos e ingenieros civiles. El juramento de Hipócrates estaba a la base del entusiasmo profesional de los primeros, y las leyes naturales de Newton en el de los segundos, hasta que hace poco me crucé con un mercachifle, médico y docente, que pasó horas baboseando sobre las mieles del turismo médico (léase costosas cirugías estéticas con hotel incluido) y que, cuando le pregunté por el juramento hipocrático contestó: “¿…hipo qué…?”.
Para rematar, la noticia de los beneficiarios del programa ‘ser pilo paga’ que, por dos millones y medio de pesos (un salario que ya quisiera yo, y muchos maestros) prestaban literalmente el culo durante un examen de admisión para beneficio de unos idiotas cuyos padres a su vez pagaban 25 millones si sus engendros pasaban la prueba y, quién lo creyera, el canje era para ingresar a las facultades de medicina e ingeniería de la Universidad de Magdalena.
Empero, a veces, los gigantismos algo dejan: por ejemplo, el sistema interestatal de autopistas de Eisenhower o la tecnología espacial de Jruschov. Podemos pues llorar o aprender de nuestros errores y, en adelante, para ser viables como nación, enfrentar ríos y cordilleras con una estrategia más inteligente y menos cabecidura al trazar las carreteras y empeñarnos no en una sino en múltiples hidroeléctricas de embalse pequeño para alcanzar la interconexión vial y eléctrica sin la cual quedaremos sin luz ni opción.
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