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La boda de ‘Fritanga’

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Nunca he entendido muy bien a aquellos buenos lectores que alegan no leer novela porque prefieren la historia y la biografía. Creo que la mejor historia de la Revolución francesa que haya leído fue El siglo de las luces, la novela de Alejo Carpentier.
Agrego, sin embargo, que, de hecho, me entusiasma poco la novela histórica o la historia novelada. Creo que los buenos novelistas carcomidos por el gusanillo de la historia son aquellos que crean su material de la misma manera que los buenos novelistas a los que los carcome el de la vida cotidiana, por ejemplo, el Flaubert de Madame Bovary o el Joyce del Ulises… bueno, el Joyce de todo.
Del mismo modo, el padre de la novela histórica, Virgilio, con seguridad pasó mucho más tiempo atemperando sobre pergamino el entusiasmo de la intuición poética para recrear en hexámetros perfectos un nuevo mito fundacional al modo de Homero (su maestro casi 800 años mayor), que rastreando archivos improbables (aunque los había) en pos de la ruta ‘exacta’ de Eneas.
Creo que la raíz del problema reside en la vieja dicotomía que al parecer surge entre realidad y ficción. ¿Pero qué es la una y qué la otra?
Al pensar en este dilema se me vienen a la cabeza dos cosas.
Por un lado, aquello que Marx llamaba las robinsonadas: de manera escueta, casi grosera, una robinsonada muy en boga es, por ejemplo, el furor por los productos dizque ‘naturales’, como si la penicilina (o la anestesia, para el caso) fuera menos natural que un extracto de algas secas… en breve, el hombre es naturaleza y, por antonomasia, todos sus productos y procesos también lo son. Una planta de energía nuclear es tan natural como el pescadito que comparte Robinson con Viernes a la luz de la luna en su isla desierta y en chiros como de reality.
Por otro lado, pienso en la más ‘real’ y útil de todas las ficciones (y entre ficciones, la ficción de las ficciones), el embeleco par excellence: los mapas.
La cartografía es el arte de la ilusión despojado de todas las arandelas… una verdad simulada con mínimos recursos, en donde el espejismo de verosimilitud se despacha al mismísimo carajo. ¿Habrá todavía Robinsons que preferirían ir de Bogotá a Villeta siguiendo mojones indicados árbol a árbol, quebrada a quebrada? ¿Sería así su viaje más natural?
Este dilema lo tratan muy bien tres reseñas cinematográficas en la última revista Arcadia (No. 89) bajo el título ‘Tres preguntas difíciles’.
En el fondo, la pregunta es por la frontera que separa la realidad de la ficción y, para contestarla, someten a bisturí tres películas en las que se cuestiona justamente esa encrucijada: ¿dónde empieza la una y termina la otra? ¿Cuánta realidad nos cabe en la cabeza, en el corazón?
No puedo menos que terminar citando un reportaje reciente en la revista Semana: “aunque íbamos armados y uniformados, cuando nos vieron entrar la gente comenzó a aplaudirnos. Pensaban que éramos parte de un show y que estábamos disfrazados”.
Juan Manuel Pombo
Profesor y traductor
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