La impresionante primera secuencia muda y en cámara lenta de la cinta “2001: Odisea del espacio”, de Stanley Kubrick, se convirtió desde que la vi en una de las metáforas fílmicas que más han estimulado mi imaginación.
Durante años, seis para ser exacto, mientras me desempeñé como profesor de literatura en los últimos cursos del bachillerato, me deleité describiendo oralmente aquella secuencia que no solo captaba de manera inmediata y unívoca la difícil atención de aquellos adolescentes, sino que a partir de esas mismas imágenes fui elaborando una interpretación de la obra de Kubrick, que me parecía cada vez más coherente y sólida.
Aquel antropoide que huye de algo o alguien, quizá de sus congéneres y quién sabe por qué transgresión, que en su carrera mira atrás de vez en cuando por encima del hombro hasta dar un traspié para caer estrepitosamente al no percatarse del yacente esqueleto de un enorme saurio que se interpone en su camino y que, en su caída, comprende con portentosa lucidez el efecto dominó que el momento del golpe genera sobre el costillar del bicho al tumbar una costilla tras otra con vertiginosa y violenta eficacia, se convirtió para mí en la metáfora de la inteligencia humana… del alma si se quiere… del momento en el que aquel homínido se inspira y da el salto cualitativo y cuantitativo que permite que su especie sobreviva para convertirse en la raza humana y que, en la película, tras el accidente, con ojos extasiados, blande en alto un hueso en la mano diestra con el que ahora, provisto de nueva fuerza, se siente capaz de enfrentar a lo que quiera que lo persigue, y entonces se alza en escena, de la nada, aquel monolito pulcro y pulido, como de la mano de Dios, que solo volvemos a ver al final de la enigmática odisea.
Subsiguientes películas de Kubrick vendrían a respaldar mi interpretación metafórica; por ejemplo, el joven Alex, aquel chisgarabís brutal que aprendemos a odiar en las primeras tomas violentas de “La naranja mecánica” y que al final de la película nos llena de regocijo cuando vuelve a ser el salvaje violento, pero de nuevo provisto del albedrío que le había sido arrebatado con la terapia carcelaria de reinserción y rehabilitación.
Pues bien, toda esta consistencia teórica se vino a pique de manera colosal cuando un profesor de un curso de apreciación cinematográfica extra muros de la City University, en Londres, al oír mi exaltada elucubración, la desgoznó con contundencia señalando que la concepción de Kubrick a él le parecía equívoca, facilista, efectista y protofascista, y que, a su modo de ver, el germen de la inteligencia humana no pudo haber sido fruto de la agresión individual y predadora, sino, más bien, de la solidaridad y la comunicación conjuntas.
Profe –le pregunté–, ¿solidaridad como en esas campañas de siembra un arbolito y salva la tierra?
No –me contestó–, como en una noche alrededor del fuego distribuyendo los turnos de vigilancia para proteger las despensas de invierno.
Juan Manuel Pombo
Profesor y traductor
juamanpo@yahoo.com