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Confesión Keynesiana

Los bancos necesitan recursos para desembolsar créditos frescos a empresas. Sin crédito no hay negocio que funcione.

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Gastar plata para estimular la economía de forma efectiva no es fácil. Dejando de lado los gruesos líos en torno a corrupción, búsqueda de rentas e ineficiencia, determinar quienes deben recibir apoyo es un dilema no trivial. Pensemos, a manera de ejemplo, en tres actores algo abstractos pero con roles diferentes en la economía: bancos, empresas, hogares.
Los bancos necesitan recursos para desembolsar créditos frescos a empresas. Sin crédito no hay negocio que funcione. Las empresas a su vez necesitan apoyo directo para pagar a proveedores y empleados.
Es imposible pensar en economía sin empresas. Finalmente, los hogares necesitan plata urgente para suplementar su ingreso y poder comprar mercado y pagar los servicios. La gente es la economía.
Buscar respuesta a esta pregunta tampoco es trivial. Con tanto seminario disponible hoy por hoy es fácil confundir diagnósticos sopesados con retóricas disfrazadas de argumentos técnicos que en últimas buscan justificar recursos a uno u otro como medida imperativa para evitar el apocalipsis. Tampoco falta el populismo autoritativo que sólo le ofrece al público la indignación como solución.
Si bien es imposible pensar en estímulos a la economía ignorando a bancos y empresas, un tema que me preocupa - mi confesión Keynesiana - es el apetito por la liquidez. En estos tiempos tan inciertos es natural que bancos y empresas quieran cuidar su capital.
¿Quien puede juzgar a un banco por cerrar el crédito a un restaurante en ausencia de garantías sobre los préstamos del 100%? Alemania demostró que incluso garantías del orden de 90% son tímidas. Argumentos similares aplican a empresas. Si yo estuviera en una junta directiva creo que estaría más nervioso que de costumbre frente a cualquier proyecto de inversión. “El dinero es cobarde”, me enseñó un profesor.
Un ejemplo difícil de digerir al respecto es la frustración de la administración Obama durante la crisis financiera en Estados Unidos al encontrar a varios actores que recibieron apoyo aferrándose al dinero en efectivo como respuesta ante la excesiva incertidumbre. Algo malgastaron en bonos, pero el grueso del estímulo no circuló de vuelta; se quedó asustado y refugiado en forma líquida.
A la hora de evaluar qué iniciativas se deben reforzar con recursos frescos, mi confesión Keynesiana le apuesta a las transferencias directas a hogares como programa insignia. Cuando el verdadero apetito esta en juego, el gusto por la liquidez es un tema menor.
El gobierno hizo un esfuerzo titánico para identificar y llegar a un número serio de hogares que clasifican para transferencias. Aplausos sin ironía. Lo que no se ha dado cuenta es que también encontró un canal de estímulo con alta potencia que debe usar de forma más agresiva.
Transferir incondicionalmente 40% del salario mínimo (monto equivalente al subsidio de nómina del gobierno) durante 5 meses a los 6 millones más pobres de Colombia equivale, mal contado, a un punto del PIB con poco riesgo de quedar atrapado en liquidez.
No se trata de no apoyar a bancos o empresas - todos los vientos deben soplar en la misma dirección - pero cabe recordar que en tiempos de crisis el apetito por liquidez es el villano de la fábula Keynesiana.
Luis Felipe Sáenz
Profesor de economía, University of South Carolina Columbia, Estados Unidos
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