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¿Qué es la competitividad?

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Se está rememorando por estos días en Colombia, la iniciación hace 20 años de las políticas de competitividad. Todos los comentaristas coinciden en que los avances son limitados, a pesar de que los gobiernos han tenido estrategias y adoptado mecanismos institucionales para impulsarla. Sin embargo, ha faltado una línea de continuidad en ellas. Todos los gobiernos han cambiado de estrategias, quizás porque no se tiene una idea clara de lo que se debe entender por competitividad.
Hace 20 años se tenía un concepto mercantilista de competitividad y la Harvard Business School la definía como la habilidad de un país para crear, producir y distribuir productos o servicios en el mercado internacional, teniendo ganancias crecientes. Para medirla se aplicaba el llamado diamante de Porter, que incluía cuatro elementos que los gobiernos debían tener en cuenta para determinar el ambiente en que las firmas locales compiten: condiciones de los factores, condiciones de la demanda, sectores auxiliares que reflejan la presencia o ausencia de proveedores y estrategia, y estructura y competencia de la empresa.
Con este enfoque se creía que la fortaleza de un país se mide por su potencial externo y que las políticas de los gobiernos se debían limitar a favorecer la proyección internacional de las empresas. Este tratamiento era válido en la economías desarrolladas, pero no en las en desarrollo, porque no basta que las empresas sean eficientes, sino que el entorno les facilite serlo.
Esa concepción mercantilista ha sido reemplazada por una más integral, que se define como competitividad sistémica, que es el conjunto de instituciones y políticas públicas que permiten a los países alcanzar elevadas tasas de crecimiento a largo plazo y mejorar su productividad. Implica no solo consideraciones a nivel micro (la empresa), sino a nivel meso (industria o región), macro (el país) y meta (cultural). Todo ello vinculado a la innovación, el uso de las TIC, y a las redes y cadenas de valor.
En Colombia, pasamos de un enfoque mercantilista de la competitividad a uno sistémico, pero estamos haciendo un uso equivocado del mismo, confundiéndolo con todas las estrategias propias del desarrollo económico. De esta forma, el Sistema Nacional de Competitividad e Innovación se está asimilando con el Plan de Desarrollo 2010-2014, y los resultados del primero pretenden medirse por los del segundo.
Sin ir más lejos, se ha planteado que la Consejería Presidencial para la Competitividad tenga la función de vigilar el cumplimiento del Plan de Desarrollo, como si esta función no fuera del DNP, a no ser que este último se vaya a limitar a vigilar el uso de los recursos de las regalías.
Para no confundir una cosa con otra y hacer su labor más eficiente, el Sistema Nacional de Competitividad e Innovación debería centrarse en los 12 pilares con que el Foro Económico Mundial mide la competitividad: instituciones, infraestructura, estabilidad macroeconómica, salud y educación primaria, educación superior y capacitación, eficiencia del mercado de bienes, eficiencia del mercado laboral, sofisticación del mercado financiero, preparación tecnológica, tamaño del mercado, y sofisticación del comercio e innovación. Solo los avances que logremos en cada uno, especialmente en los dos últimos, nos permitirán mejorar en este ranking mundial y considerarnos como un país innovador.
Manuel José Cárdenas
Consultor internacional
emece1960@yahoo.com
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