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Vigilancia totalitaria

La batalla de la privacidad puede perderse, porque cuando hay que elegir entre privacidad y salud, habitualmente se elige la salud.

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Hasta ahora teníamos dos opciones para combatir el coronavirus: proteger la salud o proteger la economía, buscando decidir a cuál de las dos se le daba preferencia o si se resolvían simultáneamente. Sin embargo no se había tenido en cuenta una tercera y es el peligro de la vigilancia totalitaria. En un impactante artículo en The Financial Times de Londres, el historiador israelí Yuval Noah Harari reconoce que la humanidad enfrenta una crisis global de grandes dimensiones y alerta a que las decisiones que se tomen pueden implicar riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trasciendan la emergencia y permitan a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas.
Harari explica que las actuales técnicas de vigilancia permiten a los gobiernos apoyarse en sensores ubicuos y algoritmos en vez de espías humanos y que en la batalla contra el coronavirus se han desplegado nuevas herramientas. Al respecto, da el ejemplo de China que, mediante el monitoreo de smartphones y el uso de millones de cámaras de reconocimiento facial, obliga a sus ciudadanos a chequear y reportar su temperatura corporal y condiciones médicas, lo que le permite detectar no solo a los portadores del virus sino también a trazar sus movimientos e identificar a todos con quienes estuvo en contacto. Ese camino también empezamos a seguirlo en Colombia. Mapas, GPS, cámaras térmicas, inteligencia artificial y drones han servido en los casos más exitosos de la contención de coronavirus. Las alcaldías de Medellín y Cali que han utilizado la inteligencia artificial y la georeferenciación para evaluar el estado salud de los usuarios y para validar, anticipante, que una persona termine en una cama de cuidados intensivos. El aeropuerto El Dorado ha instalado cámaras para monitorear simultáneamente la temperatura de muchas personas y la Agencia Nacional Digital desarrollo una aplicación para controlar el virus, trazando rutas de contagio.
El peligro es que si los gobiernos y las empresas empiezan a acumular los datos biométricos en masa, llegarán a conocer mejor a las personas que ellas mismas y no solo predecir sus sentimientos, sino manipularlos y venderlos. El riesgo es tal que aunque si las infecciones de coronavirus bajan a cero –señala– algunos gobiernos “hambrientos de datos” pueden mantener la vigilancia biométrica por si surge un nuevo virus. La batalla de la privacidad puede perderse, porque cuando hay que elegir entre privacidad y salud, habitualmente se elige la salud.
Harari plantea que mejor que parar el coronavirus con sistemas de vigilancia totalitaria, es hacerlo empoderando a los ciudadanos, como hicieron Corea del Sur, Taiwán y Singapur, que si bien usaron mecanismos de seguimiento a los ciudadanos, se apoyaron mucho más en el testeo masivo y el reporte voluntario de una ciudadanía bien informada y dispuesta a cooperar en todos los campos. En su opinión cuando a la gengte se les dicen los hechos científicos y ellos confían en las autoridades, pueden hacer lo correcto sin que el “Gran Hermano” la vigile. Es pues un llamamiento a las autoridades para que no vayan a desviar su camino.
Manuel José Cárdenas
Consultor internacional
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