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La nueva economía es más que un cuento

Uber ni es pirata ni es ilegal. Es la nueva economía a la que no nos podemos resistir, y que se extiende a todos para bien de una sociedad.

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Lo que en el mundo es la nueva economía no es un asunto meramente semántico, como tampoco lo es el emprendimiento tradicional que mueve negocios nuevos. Plantear que vamos a impulsar el aparato productivo para que el país no dependa del alicaído petróleo es válido y necesario, pero no tiene nada de novedoso. Claro que se puede llamar como uno quiera y esa no puede ser la discusión.
Con gran lucidez, Alvin Toffler lo predijo hace medio siglo cuando habló de la adaptación de las sociedades al impacto de la tecnología y los cambios a los que se enfrentarían los países cuyas economías pasarían a ser posindustriales y basadas en el conocimiento.
Hoy, esto es una realidad que se ha extendido por el mundo gracias al uso, cada vez más creciente y extendido, de las tecnologías de información y de las comunicaciones, por parte de las empresas viejas y nuevas que atúan en distintos sectores de la actividad económica, y cuyos negocios no pueden sobrevivir sin el uso intensivo de la red de redes: internet.
Es irracional pretender atajar esta nueva realidad que da nuevas visiones, conceptos y modos de trabajar y actuar, abriéndole paso a una especie de gerencia del conocimiento. En efecto, debido a la existencia, operatividad y uso generalizado de internet han aparecido nuevas formas de hacer negocios electrónicos, de reconocer la oferta y la demanda, de conquistar o ampliar mercados, de considerar al cliente, y una economía que va mutando de la producción de bienes a la de servicios.
Esta es la que predomina y, contrario al pasado, se pone por encima de la produccción de bienes físicos, no porque esta se vaya a acabar, sino porque la facilidad, la comodidad y el uso eficiente del tiempo son variables determinantes en la vida moderna. No es que la gente tenga hoy menos tiempo que antes, sino que lo quiere usar eficientemente, ni siquiera para ganar más dinero, sino para disfrutar y vivir mejor.
Uber es la que más conocemos aquí, pero hay muchas más aplicaciones. Por ejemplo, Airbnb cubre el mercado de vivienda y hospedaje en casi 200 países y 33.000 ciudades, pero hay un sinnúmero en actividades como hoteles, viajes, mercados, salud, educación, bancos, bolsas, entre otras, que son consecuencia de la nueva economía. Pretender bloquearlas para proteger una vieja forma de comprar y vender, de hacer negocios o acceder a bienes y servicios –que son maneras más complicadas, demoradas e incómodas– es absurdo y agresivo.
Colombia no puede escaparse de la tendencia. Por esto hay algo que resulta inconcebible. Un secretario (llamado de ‘Movilidad’) del alcalde Peñalosa ha dicho que “se encuentra revisando la posibilidad y viabilidad jurídica de tomar medidas frente a los usuarios por la utilización de vehículos no autorizados para la prestación del servicio del transporte público individual”. Debí releer la noticia varias veces porque creí, en un comienzo, que se refería a un pueblo donde no había internet, pero luego comprobé que ya no existe ni una vereda en esas condiciones. Un alcalde global como el que tiene la capital debió llamarlo al orden.
Uber ni es pirata ni es ilegal. Es la nueva economía a la que no nos podemos resistir, y la cual se extiende a todos para bien de una sociedad, no para imponer o defender intereses particulares.
Mario Hernández Zambrano
Empresario exportador
mariohernandez@mariohernandez.com
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