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Salido de las entrañas

El caso de Chester Arthur merece ser objeto de estudio para la situación que vive Colombia, ad portas de las elecciones.

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No es un secreto que los presidentes de Estados Unidos no han sido siempre los más ilustres ciudadanos del país, como Ronald Reagan –actor y presentador de televisión–, y muchos han tenido problemas de salud estando en la Casa Blanca, como John F. Kennedy, Richard Nixon y Lyndon Johnson. Y la lista de excéntricos no arranca ahora con Donald Trump. Eso no los hace malos gobernantes.
Cuatro mandatarios estadounidenses murieron de causas naturales y otro tanto asesinados ocupando la Casa Blanca. Uno de ellos fue James Abram Garfield, quien en 1881 murió –con solo seis meses en el poder– víctima de un atentado en la estación del tren de Nueva York; fue atacado por un abogado buscador de puestos al que el presidente no lo había nombrado cónsul. Garfield murió 70 días después en New Jersey, consecuencia de una gangrena al no haber podido sacarle (sospechosamente) una de las balas, llegándose a hablar de una conspiración de los médicos de la Casa Blanca que dijeron no tener los antibióticos para atender al paciente. Durante su corta estadía en la presidencia, Garfield generó mucha bronca entre los políticos de su Partido Republicano, al quitarle puestos clave en el gobierno.
Lo sucedió en el cargo su vicepresidente, Chester Arthur, un típico político republicano, nada destacado más allá de su elegancia en el vestir, aunque siempre se mostró defensor de los negros, una tarea difícil en su momento, pero que le dio réditos en la política. Chester, abogado negociante, ‘puestero’ y ‘lobista’, se convirtió en el vigésimo presidente de Estados Unidos entre 1881 y 1885, y su ejercicio sorprendió: quien lo creyera, puso su gran conocimiento de la ‘política menuda’ de su partido al servicio del bien, pues desde que llegó a la Casa Blanca se convirtió en una piedra en el zapato contra los corruptos no solo del Partido Republicano. Mostró una gran independencia y ganas de volverle dignidad al cargo presidencial, cosa que no pudo hacer su antecesor.
Lo primero que hizo fue cambiar a casi la totalidad del gabinete de Garfield, lideró la reforma a la administración pública con resultados concretos, como la condena a los estafadores de la oficina de correos, y creó un departamento para que examinara a quienes ocupaban cargos en el gobierno, incluso después de que se fueran. Su trabajo fue tan efectivo que no logró el apoyo de sus antiguos aliados, que le cobraron su rectitud en el gobierno y no alcanzó la nominación republicana. Murió un año después de finalizar su gobierno.
El caso de Chester merece ser objeto de estudio para la situación que vive Colombia, ad portas de las elecciones que determinarán al sucesor de Juan Manuel Santos en la presidencia, y en una época en la que la clase política pasa por su peor momento, en términos de aceptación de la opinión pública, y que ha llevado a que los aspirantes quieran desligarse de los partidos y busquen ser candidatos a través de firmas. Creen que de esa forma la gente no los culpa de la corrupción que campea, lo cual, con seguridad, no es suficiente.
Pero no hay que engañarse. Ni los intelectuales, los académicos y los pensadores pueden derrotar las mañas y malos manejos de lo público; son los mismos políticos quienes deben hacer ese trabajo, pues conocen lo que pasa por dentro del sistema. Los demás son asesores y coordinadores de las tareas, pero no más.
¿Será que en Colombia se dará un Chester Arthur, como ocurrió en Estados Unidos? Así sea pensar con el deseo, no hay que descartarlo.
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