Es muy dramático y doloroso lo que acaba de ocurrir en una escuela de São Paulo (Brasil): dos jóvenes menores de 25 años ingresaron a las instalaciones y abrieron fuego contra los alumnos del plantel que estaban en recreo, asesinando a ocho personas y después suicidarse.
Los primeros informes indican que uno de ellos fue estudiante del plantel hasta el año pasado, no había sido expulsado y, por el contrario, asistía periódicamente a los entrenamientos del equipo de baloncesto, con lo cual, al parecer, no había una señal de venganza en su accionar. Tampoco parece que los asesinos tuvieran alguna inclinación ideológica, política o hicieran parte de una secta que los estimulara para hacer lo que hicieron.
En esos términos, la caracterización y perfil de los homicidas es complicada, contrario a lo que ha ocurrido con casos similares en EE. UU., en los que rápido se descubren señales claras de desadaptación social, fanatismo religioso o venganza por problemas en los colegios o centros educativos, que hacen crisis en seres con problemas mentales.
“Le tocó a Brasil, pero pudo haber ocurrido en cualquier otro país, inluyendo a Colombia”, es el comentario de personas del común, sin fundamento sólido, pero que merece tenerlo muy en cuenta. Según las autoridades, uno de los asesinos, el menor, publicó fotos en su perfil de Facebook usando una mediamáscara con una calavera impresa y un arma de fuego. Los dos eran fanáticos de los videojuegos y veneraban la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine, Colorado, EE. UU., ocurrida en abril de 1999 y perpetrada por dos estudiantes de último año, quienes asesinaron a 12 estudiantes y un profesor. También se suicidaron luego de la masacre. Después se comprobó que los homicidas deseaban que sus acciones rivalizaran con el atentado de Oklahoma City y otros incidentes mortales en Estados Unidos en la década de 1990.
Se cree que en el caso de São Paulo, los sujetos planeaban la masacre desde hacía un año y participaban en foros de internet que hacen apología a ese tipo de actos. Ambos visitaban una ‘oscura’ red de internet en el que personas anónimas incitan a este tipo de crímenes. No hay que estigmatizar las redes virtuales, pero es claro que en casos específicos de asesinatos masivos, estas aparecen como un denominador común de incitación y estímulo a la violencia, lo cual es una señal de alerta para tener en cuenta.
Pero hay algo más. El gigante Brasil, con 200 millones de habitantes, país más poblado de América Latina y octava economía de mundo, por encima de España e Italia y una estructura productiva de dimensiones muy grandes, enfrenta un problema de inseguridad y violencia especial, teniendo en consideración que no tiene un conflicto interno como Colombia o una coyuntura como la de Venezuela. En el 2017 hubo 64.000 homicidios, 175 por día o 7 por hora, y se dieron 65.000 violaciones. Las batallas entre bandas y grupos de narcotraficantes hacen parte del problema, con unos organismos de seguridad corruptos.
La elección de Jair Bolsonaro se sustenta, en parte, por la corrupción y fracaso de los gobiernos de izquierda, y por la desesperación de los brasileños por la inseguridad que viven a diario. No la tiene fácil el mandatario, más si ha planteado permitir a la gente armarse para defenderse.
Con la masacre que acaba de ocurrir puede radicalizar su intención, pero también hay argumentos en sentido contrario. Y aunque se discuta que lo ocurrido en el colegio de São Paulo no tiene nada que ver con el ambiente nacional de inseguridad y violencia, no se puede desconocer que es un detonador que empuja a acciones individuales como la ocurrida.
¡Dios nos libre de esa relación directa y perversa!