Claudicación
Si la administración termina prorrogando el pico y placa de catorce horas después del 15 de febrero,

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La declaración del Alcalde constituye un acto de realismo y también de cinismo. Es una posición realista porque tiene razón. El caos vehicular que vivió la ciudad sin el pico y placa durante parte del fin de año es un pálido reflejo del colapso que se podría generar si se levanta la medida con la ciudad a plena marcha. La evidencia fue tan contundente que incluso Fenalco, que ha tenido una posición sensata sobre este tema, se dio por vencida y ahora está de acuerdo con el Alcalde.
Pero no sólo claudicó el gremio de los comerciantes: hoy es casi imposible encontrar alguien que diga públicamente que hay que levantar el pico y placa de catorce horas en la capital. Y ahí vamos claudicando todos, con esa mezcla de indolencia y resignación que ha permitido que unos cuantos hagan lo que se les da la gana con los bienes públicos, sin atrevernos siquiera a discutir el cinismo de la administración distrital.
El Alcalde es cínico porque, al decir que sin pico y placa sería imposible movilizarse por la ciudad, pone el foco del problema donde no está y desvía la atención de las verdaderas causas del desastre. Las más obvias fueron pan de cada día el año pasado en la seguidilla de escándalos que conmocionó a la ciudad: el retraso de las obras y los oscuros procesos de contratación. Si la administración termina prorrogando el pico y placa de catorce horas después del 15 de febrero, lo que estaría haciendo es poner a los bogotanos a pagar por la ineptitud del Alcalde.
Pero además de las causas obvias del desastre de la movilidad, hay otras menos conspicuas que son igualmente reveladoras de esa ineptitud: las pocas vías que hay se usan muy por debajo de su potencial por cuenta de la incapacidad de los funcionarios distritales. A modo de ejemplo, cualquier avenida de dos carriles queda reducida automáticamente a uno sólo cuando una camioneta blindada se parquea en plena vía mientras el conductor compra el pan, cuando una volqueta modelo 63 se vara dejando un hilo de aceite en el pavimento, cuando la camioneta que vende bocadillo veleño con sonoros altavoces se detiene a cerrar un negocio, cuando los funcionarios de las empresas de buses hacen control de planilla a sus vehículos en plena calle o cuando los vigilantes de edificios ostentosos se apoderan de media calzada poniendo unos vistosos conos anaranjados.
Como esos y otros abusos suceden todo el tiempo a lo largo y ancho de la ciudad, sin que las autoridades hagan nada para evitarlo, Bogotá está subutilizando las pocas vías que tiene. Por supuesto que la ciudad requiere más infraestructura vial, pero también debe usar eficientemente la poca que hay. Para hacerlo se necesita orden y autoridad, dos cosas que hace más de siete años no se ven en la capital.

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