Abro el periódico y encuentro un aviso publicitario que plantea la siguiente inquietud: “¿el mejor momento para adquirir un Porsche? Ahora”. Me quedo pensando, no porque me interese comprar carro, sino para tratar de entender el argumento.
¿Por qué puede ser este el mejor momento para comprar un Porsche en Colombia? Tal vez por la revaluación, que permite adquirir productos importados a buenos precios. También puede ser porque el crédito de consumo sigue creciendo más rápido que la economía y los intereses comerciales aún no reflejan el aumento de las tasas del Banco de la República.
Pero quizás la razón más importante sea porque el actual auge económico está aumentando el ingreso y la capacidad de gasto de muchos colombianos. Así, entre chequeras y pagarés, en los últimos años nuestras calles se han visto pobladas por Maserati subfacturados, ostentosos BMW y ubicuos Audi. “¿El tuyo es A4 o A6?”, oye uno decir en los restaurantes, como quien compara marcas de tenis en el colegio.
Aunque eso parece darle la razón al aviso publicitario, debo disentir. Creo que este no es un buen momento para comprar carros lujosos en Colombia, por dos motivos. El consumo arrebatado de productos de lujo revela un comportamiento tan primario como el de aquellas personas que se ponen botox y usan lentes de contacto azules. Cuando salgo caminando de mi casa en busca de un taxi que no existe, veo decenas de personas lavando flamantes automóviles y pienso: ¿150 mil años de evolución, 100 mil millones de neuronas, y la cúspide de nuestro éxito consiste en acariciar un carro?
El segundo motivo tiene que ver con la dimensión social más que con la individual. La compra desaforada de productos de lujo es un indicio de la manera como la clase dirigente nacional está encarando los buenos tiempos de la economía: más consumo, más derroche y poca atención a nuestros problemas estructurales. Podría plantear una discusión ética de lo que significa el consumo ostentoso en un país que tiene una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo, pero por cuestión de espacio me limito a invocar una razón práctica: la prosperidad colombiana no será sostenible si no aprovechamos el crecimiento económico actual para abordar decididamente retos fundamentales como las reformas laboral, educativa y pensional, o la lucha contra la informalidad, la desigualdad y la pobreza.
El auge actual de la economía colombiana no será eterno. Más vale que cuando termine, el país haya acumulado algo más que carros, televisores y carteras. Tenemos que aprovechar estos tiempos prósperos para hacer las reformas y las inversiones necesarias para que mañana Colombia tenga un buen capital humano, físico y social. Este es el momento de construir un destino mejor que ese pobre espejismo de tener como máxima aspiración el llegar a ser nuevos ricos.
MAURICIO REINA
INVESTIGADOR ASOCIADO DE FEDESARROLLO