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Elogio de la pelota caliente

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La vida me ha enseñado a lidiar con una condición singular: con frecuencia me siento como mosco en leche.
Ya sea que se trate de un seminario aburrido, un pomposo coctel o el cumpleaños de algún amigo, tarde o temprano pienso que estoy fuera de contexto.
Pero pocas veces me siento tan ajeno como cuando digo que me gusta el béisbol… en ese momento todos me miran como a un alienígena.
Cuando hablo de todos, me refiero especialmente a la gente de Bogotá. No es raro que un deporte como el béisbol no haya pegado en esta tierra agreste circundada por frailejones y achupallas, habitada por gentes indómitas y hostiles.
Algo parecido sucede con los que se mueven en el mundo de la economía y los negocios. A ellos también les parece que hablar de béisbol es perder un tiempo que se podría desperdiciar de manera más eficiente en otra cosa.
En uno y otro caso, existen honrosas excepciones. Hay que ver el placer que produce hablar de béisbol con el saliente director de Fedesarrollo, Roberto Steiner, quien hace unos análisis tan sesudos sobre el promedio de bateo como los que hace sobre la inflación, cuando logra dejar de lado su infame condición de hincha de los Yankees...
O el gusto que produce discutir sobre los favoritos de la Liga Americana con Antonio Celia, presidente de Promigas, quien debe ser el único colombiano que visita los entrenamientos de pretemporada y sabe en qué estadio se comen los mejores perros calientes...
O lo que se puede aprender discutiendo sobre los Medias Rojas de Boston con el ex ministro e historiador Rodolfo Segovia, quien aparte de todo lo que ha hecho en la vida ha tenido tiempo de acumular un conocimiento enciclopédico sobre el tema.
Cada año esos placeres desaparecen durante seis meses, y reaparecen nuevamente cuando despunta la primavera boreal. Así ha sucedido a mediados de esta semana, cuando arrancó una nueva temporada con el partido que jugaron los Marineros de Seattle y los Atléticos de Oakland en Tokio.
Durante las próximas veintitantas semanas volverá el ritual cotidiano de ver por lo menos un partido cada noche, para despertar al otro día con un poco más de alegría y un poco menos de tristeza.
Además de enseñarme a vivir como mosco en leche, la vida también me ha mostrado que las cosas buenas hay que compartirlas.
Por eso me atrevo a sugerirles a quienes leen estas líneas que se den la oportunidad de ver un partido béisbol. Con un poco de suerte, es posible que queden cautivados por las cosas que lo hacen distinto de cualquier otro deporte: su combinación perfecta del talento individual y el trabajo en equipo, su celebración de la diversidad (desde las dimensiones disímiles de los estadios hasta las discrepancias entre ligas en la aplicación de ciertas reglas) y, sobre todo, aquella insólita posibilidad hipotética de que un partido pueda durar eternamente, algo que suena bastante parecido a la felicidad.
Mauricio Reina
*Investigador Asociado de Fedesarrollo
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