La senadora Gilma Jiménez ha vuelto a alborotar el avispero. Tras el revuelo que produjo su proyecto de cadena perpetua a los violadores y asesinos de niños, ahora ha anunciado una nueva propuesta legislativa para frenar la irresponsabilidad con que muchos colombianos tienen hijos, sin tener la voluntad o los medios para responder por ellos.
La iniciativa propone convertir en delito la paternidad y la maternidad irresponsables, para que aquellos padres que no den apoyo emocional o material a sus hijos vayan a la cárcel.
Además, plantea que el otorgamiento de subsidios sociales esté condicionado a la responsabilidad reproductiva, de modo que tener hijos no sea una estrategia para acceder a recursos del Estado. Adicionalmente, propone estrategias de pedagogía sexual y reproductiva, porque es mejor prevenir que curar.
El problema de la paternidad irresponsable en el país es alarmante. Uno de cada dos niños que nacen en Colombia no ha sido deseado por sus padres. Esto quiere decir que uno de cada dos nuevos colombianos tiene una altísima probabilidad de ser rechazado por su madre en su gestación, lo que conlleva limitaciones en su formación cognitiva y afectiva.
Además, uno de cada dos nuevos colombianos tiene una alta probabilidad de ser un problema para sus progenitores, quienes en muchos casos no cuentan con los medios para encarar un nacimiento no planeado.
¿Y qué suelen hacer esos progenitores?
Muchos sencillamente se pierden. Uno de cada cinco niños colombianos no conoce a su padre, y varios de los que lo conocieron no lo volvieron a ver nunca, como lo demuestra el que 34 por ciento de los hogares colombianos esté conformado por madres solteras. Las cosas son aún más graves considerando que el embarazo no deseado suele darse con mayor frecuencia en la población más pobre y entre madres adolescentes, grupos poblacionales que tienen menos medios para criar adecuadamente a un niño.
Los estragos de la paternidad irresponsable trascienden la esfera familiar y tienen implicaciones sociales.
¿Qué clase de país se puede construir si la mitad de sus nuevos miembros no han tenido afecto desde el vientre materno, si muchos crecen preguntándose por qué los abandonó su progenitor, y si no cuentan con las condiciones mínimas para desarrollarse adecuadamente?
Así se construye un país donde el odio desplaza al cariño, donde los otros son enemigos y no aliados, y donde las normas sociales se perciben como un obstáculo para el logro la supervivencia individual. Es decir, un país como Colombia.
Los opositores de esta iniciativa han argumentado que no se puede restringir el derecho de los colombianos a procrear.
Seamos serios: en este caso ese argumento equivale a defender el derecho de unos a arruinar la vida de otros. Esperemos que el proyecto salga adelante, superando la deleznable oposición de quienes lanzan frases grandilocuentes sin ver la tragedia social que se multiplica frente a sus narices