El otro día le pregunté a un amigo qué opinaba de los Juegos Nacionales.
Tras pensarlo unos segundos, respondió con una sentencia desalentadora: “lo aburrido es que siempre ganan los mismos tres: Antioquia, Valle y Bogotá”.
Y la realidad le da la razón: hasta ayer, el medallero estaba encabezado por Valle, seguido muy de cerca por Antioquia y Bogotá.
Pero ese dominio no se limita al terreno de las medallas.
El desempeño deportivo de las regiones está relacionado con su fortaleza económica y los hechos lo confirman.
Un análisis de la competitividad de las regiones en Colombia, adelantado por la Cepal, muestra en el primer lugar a Bogotá-Cundinamarca, seguida por Antioquia y posteriormente por Valle. Como diría mi amigo, ¡qué aburrido!
¿Entonces, ese triunvirato es inmodificable? Nada de eso... La competitividad encierra distintas dimensiones en las que empiezan a aparecer fenómenos interesantes.
Según el mismo estudio de la Cepal, el Valle cae al décimo lugar cuando se analiza la calidad de la gestión pública, una dimensión fundamental para el buen desempeño económico, y su lugar en el trío puntero es ocupado por Boyacá.
Entre tanto, en cuestiones de infraestructura y calidad del capital humano, Antioquia queda en un sorprendente séptimo lugar en el país.
Ahora bien, las cosas están cambiando de manera mucho más acelerada que lo que muestra este escalafón de competitividad construido hace un par de años.
La economía colombiana está en pleno proceso de transformación, y en esa marcha se fortalecen unas regiones y otras se debilitan. En un país que está en la mira de los grandes capitales internacionales, que cada año rompe los récords de inversión extranjera y que está empezando a sentir las transformaciones propias de la mayor internacionalización, la adaptación a nuevas circunstancias es la principal regla del juego.
Las cifras de desempleo, y lo que revelan sobre el desempeño actual de la actividad económica, son uno de los indicadores más elocuentes de cómo las regiones están encarando esos desafíos. No es raro, por ejemplo, que Barranquilla tenga hoy la menor tasa de desocupación del país.
Cualquiera que haya visitado la costa Caribe recientemente habrá visto el inmenso dinamismo que está teniendo la inversión en esa zona, especialmente generada por empresas nacionales y extranjeras que están ubicando allí su base productiva para sacar un mejor provecho de la internacionalización.
Pero la atención a las oportunidades de la globalización no es el único determinante del nuevo dinamismo regional. La alineación de los intereses públicos y privados es factor esencial en este proceso. Así lo comprueban la experiencia actual de Atlántico y la de Antioquia en años recientes.
¿Y Bogotá qué? Al paso que vamos, terminará siendo una capital política y administrativa tan aislada, remota y exótica como Brasilia.
Mauricio Reina
Investigador Asociado de Fedesarrollo