En las últimas semanas el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, ha venido proponiendo una idea que puede ser muy grande, pero también muy pequeña.
Se trata de promover un Pacto por Colombia, una iniciativa en la cual los distintos sectores políticos, incluso los más antagonistas, se pondrían de acuerdo sobre unos derroteros de mediano plazo para el país.
Esa iniciativa puede ser de gran importancia para Colombia, acostumbrada a enfrentar las cosas sobre la marcha y carente de un proyecto común como nación.
Esos rasgos han sido el resultado, entre otras cosas, de una larga historia marcada por guerras intestinas entre facciones diversas que se niegan a encontrar un propósito conjunto.
En medio de esa violencia, nuestro horizonte de planeación se fue acortando cada vez más, y nuestros propósitos se fueron reduciendo hasta limitarse a tratar de llegar vivos a la casa por la noche.
Algunos dirán que esa supervivencia es muestra de una admirable resistencia, pero en realidad se está convirtiendo en un conformismo que nos está condenando a la mediocridad.
Aunque suene exagerado, es la realidad: nos conformamos con los frutos cosechados en el corto plazo, sin ocuparnos de cultivar nuevas semillas para tener un futuro mejor.
Si a alguien le parece que esto es demasiado etéreo,
vamos a los hechos. En la última década, la economía colombiana creció a una tasa promedio de alrededor de 4,5 por ciento anual, lo que nos pone muy contentos a todos. Eso le ha permitido al país escalar varias posiciones entre las economías más grandes del mundo, hasta alcanzar la posición 31 por tamaño en el orbe.
Y mientras celebramos ese fruto de corto plazo, las semillas de un bienestar de largo plazo brillan por su ausencia.
La calidad de nuestro capital humano da grima: ocupamos el lugar 52 en las pruebas internacionales de lectura, el 54 en las de ciencia y el 58 en las de matemáticas. Sumen ustedes las deficiencias en infraestructura y tecnología (temas en los que también hemos sido incapaces de planear con visión de futuro) y no es raro que llevemos varios años estancados alrededor del lugar 69 en el escalafón de competitividad global.
Si pudiéramos crecer eternamente al 4,5 por ciento anual, vaya y venga: por lo menos el conformismo arrojaría frutos aceptables.
Pero la economía colombiana no puede mantener esos ritmos de crecimiento con unos costos laborales que crecen mucho más que la productividad, y con unas reservas de petróleo que, a cuentas de hoy, no durarán más allá del 2021.
Si hacemos un pacto para alcanzar objetivos de mediano plazo en temas fundamentales como la educación, la infraestructura, la competitividad y la lucha contra la corrupción, estaríamos asegurándonos un futuro mejor.
Ese, sin duda, es un propósito grande, pero un Pacto por Colombia también puede ser algo muy pequeño, si se convierte en un eslogan que todos manosean durante la campaña electoral, para después volver a acostumbrarse a la mediocridad y la rapiña.
Mauricio Reina
Investigador
Asociado a Fedesarrollo